Sábado, 15 Julio 2006...13:03

1984 de Orwell, un libro fascista contra el Socialismo.

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Muchos progresistas hablamos de Orwell, de 1984, del INGSOC, del Gran Hermano, del Ministerio de la Verdad sin saber que estamos atacando nuestro propio Partido.

En efecto, G. Orwell no era mas que un fascista infiltrado en las filas del progreso  que no dudo en traicionar a sus compañeros en cuanto le ofrecieron la oportunidad de ganar dinero con las calumnias de sus panfletos. Es una historia que conocemos muy bien en este pais pues ahora nos toca sufrir a Losantos y Moa dos traidores conversos en fascistas.

INGSOC (neolengua) English Socialism

Ya sabeis ORWELL=FASCISTA

Y Descargad el fondo de pantalla como recordatorio:


30 comentarios

  • No creo que la actitud radical, histérica más bien del autor de esta blog, contribuya a los auténticos valores de una izquierda democrática y actual, sino más bien, parece diseñada para ridiculizar los valores que propugna una gran parte de la sociedad, tanto española, como a nivel mundial.

    En cuanto a George Orwell, se limitó a fabular un cuento sobre una revolución, un sueño que se convertía en pesadilla; lástima que la realidad le diera la razón. Me refiero a Rebelión en la granja, y la revolución comunista rusa, como paradigmática.
    Si se le quiere referenciar como fascista por ser escritor y desvelar claves de una realidad, mál tiene ud. asimilado el derecho a la libertad de expresión y otros derechos humanos, así su supina ignorancia de términos dialécticos y políticos.

    1984?. Otra novela, igual se equivocó, o no. No creo que nunca lo sepamos. En todo caso, nos hace reconsiderar una forma de sociedad y otra en la que nunca desearíamos acabar, una reflexión.

  • Suscribo todo lo que dice el comentario anterior. Es usted un ignorante y asi le va en a blogsfera y me atrevería a apostar que en la vida. Compañero, su luz me ilumina en la senda del progresismo. Y la misma Luz de Paz y Progreso que vd transmite en su cuaderno antifascista le deseo en su vida.

  • YAKI:
    Mis valores son los de la izquierda democrática actual en el Estado. Como referentes principales Zapatero, Llamazares, la izquierda abertzale y en general todos los nacionalismos de progreso.

    No pretendo ridiculizar a nadie, pero es mi deber como progresista, nuestro deber, advertir a los compañeros de los errores que todos cometemos para evitar que se reproduzcan.
    Quien sí dedico su vida a ridiculizar las corrientes progresistas de su tiempo fue, precisamente Orwell, no yo, por eso es por lo que debemos incluirlo inmediatamente en la categoria de autores fascistas. No hacerlo es invitar a que muchos progresistas se equivoque en en sus juicios y hagan, mas que bien, daño al Partido.

    En cuanto a Orwell ya lo he dicho todo.

    RENARD:
    Igualmente, compañero, paz y socialismo.

    _______________

    Vale

  • Sigo sin acabar de creerme que esto sea de verdad.
    No puede haber nadie tan rematadamente fascista (Por no decir cortito) como para largar lo progresista y democratico que es y acto seguido, y unas lineas mas abajo, tachar a George Orwell de autor fascista para evitar que contamine las mentes del “Partido”.
    Depsues de eta frasecita que te retrata angelito, te recomiendo que te vistas de pardo, te pongas unas cruces gamadas, (o unas hoces y unos martillos tanto me da) y que hagas unas buenas hogueras de libros, que es de lo poco que te falta para completar el cuadro. Se ve que mi post sobre 1984 ha hecho que respondas, aunque me imagino que ni lo habras leido. Una pena. Ya puestos te recomiendo, visto lo bien que ha ido la cosa, que te leas Farenheit 451 de Ray Bradbury, que seguro te parece tambien fascistisimo. Mas que nada leetelo para que te ayude en tus actividades crematorias.

  • Sr AXCRAFT,

    Farenheit 451 ha de ser una de mis lecturas de este verano. Pero si resulta un libro fascista no dude que lo denunciaré con tanta contundencia, o mas. que a 1984.

    Y no debería de molestarse de que lo haga: es necesaria cierta higiene intelectual en
    la retaguardia del progresismo.

    Saludos

  • Abertzale, hijo de puta, Abertzale con Z.

    Y como no cierres este puto blog vas a tener problemas.

  • Mire, Sr Salya,

    Le dedico una entrada:

    http://brezhnev.wordpress.com/2006/07/26/fascismo/

  • Este blog es de coña no? O sea, que lo lleva un facha, quiero decir…
    Porque manda huevos…

  • uju:

    Aquí los únicos fachas son vd y el sr Orwell.

    Sepa que aquí se viene a atacar a Franco, Aznar, el fascismo mediático etc
    Y si es vd un nostálgico del regimen de Aznar lo mejor que puede hacer es no leer mi cuaderno antifachas.

    Carajo!

  • Reclama tu identidad nacional = http://peccataminuta.wordpress.com/2006/08/14/reclama-tu-identidad-nacional/

  • Brezhnev, oye, porqué no te vas a Rusia y vives lo que queda del Socialismo? Es como si fueses forofo del Real Madrid y no sabes lo que es un balón.

  • Me permito discrepar con don Leonidas. Yo creo que 1984 es una novela que condena todo tipo de totalitarismos. De hecho, el régimen descripto en el libro comparte rasgos tanto del stalinismo como del hitlerismo. Ahora bien, si nos ponemos a hablar del (desde mi punto de vista indiscutible) carácter totalitario de Stalin, me parece que ése es otro cantar que poco tiene que ver con el injustamente vilipendiado George Orwell, y que en todo caso amerita la redacción de otro post.
    Al margen de esta discrepancia, debo decir que el blog me parece muy interesante (de hecho, lo visito con bastante frecuencia). Por un lado, es un placer leer la prosa ingeniosa, rica, pintoresca de Brezhnev y de algunos visitantes. Por el otro, me gusta reconocer en estas páginas a dos Españas tan opuestas, tan irreconciliables como lo son la España “roja”, republicana y la España fascista, “falangista”, todavía fiel al espíritu del Generalísimo.
    Un abrazo desde Buenos Aires.

  • De todas formas, yo considero que al capitalismo, más que al socialismo, le queda bastante bien el estigma de 1984…la Soma no era muy distinta a la TV que consumimos y a los discursos populistas demagogos, estereotipados y desgastados de las presidencias que defienden el capital…Desde Argentina, “Combatiendo al capital”, A M

  • Antes de nada me voy a definir como profundamente ANTICOMUNISTA. Es mas, creo que es la monstruosidad ideológica mayor de la historia de la humanidad. Para el gran “progresista” que escribe en esta página recomendarle una novela muy esclarecedora con la que se sentirá muy identificado “El Cero y el Infinito” de Arthur Koestler, se la recomiendo a él y a todo aquel que lea este mensaje. A él para que se regodee en la enfermiza concepción de la realidad humana que crea el comunismo, al resto de lectores para que abran los ojos y se den cuenta de que el comunismo no es otra cosa que una ENFERMEDAD MENTAL e INTELECTUAL. Una ENFERMEDAD que nada tiene que ver con el progresismo pues solo ha creado pobreza y sufrimiento en todos los desgradiados paises donde se ha instaurado. Pero esos paises ya están vacunados, pues lo han sufrido en toda su intensidad, Rumanía, Polonia, Rusia, etc…
    El peligro está en nuestras inocentes democracias occidentales, sobre todo en Europa, donde aún vemos el comunismo con una pátina de utopía y heroismo. Al comunismo hay que ponerle los mismos límites que al fascismo, es mas, debería ser más controlado que el fascismo, pues el fascismo es facilmente reconocible y su imagés es completamente negativa en la opinión pública, en cambio el comunismo sigue gozando de cierta buena imagen entre la inocente población occidental.

    COMUNISMO = MUERTE
    No hay otra consecuecia para el comunismo, la muerte física y mental de los individuos en una ideología que superpone todo a una especie de TOTALITARISMO que trata de someter todo, incluso el pensamiento, hasta lo más profundo que pueda guardar nuestras mentes.

  • yo creo que este blog es de coña

  • http://hastaloshuevos-com.blogspot.com/

  • VIVA EL CAPITALISMO MUNDIAL
    VIVA BUSH

  • El mundo siempre ha sido un conflicto entre naciones. Tanto el comunismo como el capitalismo se basan en sistemas de dominio por la fuerza sobre las libertades individuales siendo además locales.
    Del capitalismo reniego por sus valores cercanos al superhombre de Nietzsche, sin dios, sin alma, sin empatía, sin remordimientos, osea un mundo de psicópatas.
    El comunismo puede y ha sido todavía peor por la concentración de poder en un dictador, pero al menos su ideología de “uno para todos y todos para uno”, o “no quieras para el vecino lo que tú no quieres” es hermosa y por eso seguirá vivo mientrás existán humanos porque el pragmatismo es para las máquinas y los inhumanos.

  • [...] Memoria Histórica: Prohibición de la simbología neofascista Jump to Comments Zapatero, con la ley de Memoria Histórica, guía al pueblo hacia una nueva democracia, dónde los fascistas no tengan lugar. Siguiendo los pasos de la milenaria civilización islámica, nuestra fiel aliada contra el imperialismo, podremos proclamar, a una voz con el Socialismo Inglés (INGSOC): [...]

  • En serio… El Brezhnev este no es más idiota porque no se entrena XDDDDDD

    Ahora resulta que Orwell era fascista. ¿La razón? Porque luchó contra Stalin. ¿Stalin es la idea de socialismo que tiene este soplapollas? Bueno, no me extrañaría, ya que se declara proetarra.

    Orwell peleó en la Guerra Civil contra ambos fascismos, el de Franco y el de Stalin… Llevaba un fusil en las manos, y no vomitaba imbecilidades en un blog mientras proclamaba su amor por el pueblo sentado delante de un ordenador producto del trabajo esclavo que dice denostar. Más quisieras tú tener la décima parte de sus cojones y su integridad.

    Búscate un trabajo, cantamañanas.

  • [...] Desde PAZ Y SOCIALISMO soclicitamos la colaboración ciudadana para identificar y detener a esta neonazi,extremista y ultraclerical, que intenta ultrajar la imagen de Zapatero y por tanto, la de la democracia. Según primeras investigaciones, se han encontrado claras referencias fascistas en dicho video. [...]

  • zapatero es el gran hermano, el doblepensar es vuestra ideologia

    Menudo blog mas sectario, no hace más que llamar fascistas a quienes no piensan como ústed (lo que demuestra que el verdadero fascista es usted)

    Critica a Orwell sin siquiera haberle leido, y usted no hace mas que decir “Esto perjudica a nuestro partido”.

    ¿Es usted socialista de verdad o simplemente un enchufado del partido?

    Lease el libro de Orwell y aprenda un poquito. La verdad es que yo lo he leído, y usted se comporta como los jerifaltes del INGSOC que aparecen en el libro.

    Quiza por eso le molesta Orwell, por que denunció las actitudes de socialistas sectarios como ústed. Orwell era un verdadero socialista, mientras que usted es un nacional-socialista (o lo que es lo mismo, un fascista)

  • que gente mas idiotizada que hay en la derecha.

    Serán también fakes, o realmente no se dan cuenta de que esto es una parodia?

  • George Orwell
    1984

    Parte primera
    I
    Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Winston Smith, con la barbilla clavada
    en el pecho en su esfuerzo por burlar el molestísimo viento, se deslizó rápidamente por entre las puertas de
    cristal de las Casas de la Victoria, aunque no con la suficiente rapidez para evitar que una ráfaga polvorienta
    se colara con él.
    El vestíbulo olía a legumbres cocidas y a esteras viejas. Al fondo, un cartel de colores, demasiado grande
    para hallarse en un interior, estaba pegado a la pared. Representaba sólo un enorme rostro de más de un
    metro de anchura: la cara de un hombre de unos cuarenta y cinco años con un gran bigote negro y facciones
    hermosas y endurecidas. Winston se dirigió hacia las escaleras. Era inútil intentar subir en el ascensor. No
    funcionaba con frecuencia y en esta época la corriente se cortaba durante las horas de día. Esto era parte de
    las restricciones con que se preparaba la Semana del Odio. Winston tenía que subir a un séptimo piso. Con
    sus treinta y nueve años y una úlcera de várices por encima del tobillo derecho, subió lentamente, descansando
    varias veces. En cada descansillo, frente a la puerta del ascensor, el cartelón del enorme rostro miraba
    desde el muro. Era uno de esos dibujos realizados de tal manera que los ojos le siguen a uno adondequiera
    que esté. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las palabras al pie.
    Dentro del piso una voz llena leía una lista de números que tenían algo que ver con la producción de lingotes
    de hierro. La voz salía de una placa oblonga de metal, una especie de espejo empañado, que formaba
    parte de la superficie de la pared situada a la derecha. Winston hizo funcionar su regulador y la voz disminuyó
    de volumen aunque las palabras seguían distinguiéndose. El instrumento (llamado telepantalla) podía
    ser amortiguado, pero no había manera de cerrarlo del todo. Winston fue hacia la ventana: una figura pequeña
    y frágil cuya delgadez resultaba realzada por el «mono» azul, uniforme del Partido. Tenía el cabello
    muy rubio, una cara sanguínea y la piel embastecida por un jabón malo, las romas hojas de afeitar y el frío
    de un invierno que acababa de terminar.
    Afuera, incluso a través de los ventanales cerrados, el mundo parecía frío. Calle abajo se formaban pequeños
    torbellinos de viento y polvo; los papeles rotos subían en espirales y, aunque el sol lucía y el cielo
    estaba intensamente azul, nada parecía tener color a no ser los carteles pegados por todas partes. La cara de
    los bigotes negros miraba desde todas las esquinas que dominaban la circulación. En la casa de enfrente
    había uno de estos cartelones. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las grandes letras, mientras los
    sombríos ojos miraban fijamente a los de Winston. En la calle, en línea vertical con aquél, había otro cartel
    roto por un pico, que flameaba espasmódicamente azotado por el viento, descubriendo y cubriendo alternativamente
    una sola palabra: INGSOC. A lo lejos, un autogiro pasaba entre los tejados, se quedaba un instante
    colgado en el aire y luego se lanzaba otra vez en un vuelo curvo. Era de la patrulla de policía encargada
    de vigilar a la gente a través de los balcones y ventanas. Sin embargo, las patrullas eran lo de menos. Lo
    que importaba verdaderamente era la Polilla del Pensamiento.
    A la espalda de Winston, la voz de la telepantalla seguía murmurando datos sobre el hierro y el cumplimiento
    del noveno Plan Trienal. La telepantalla recibía y transmitía simultáneamente. Cualquier sonido que
    hiciera Winston superior a un susurro, era captado por el aparato. Además, mientras permaneciera dentro
    del radio de visión de la placa de metal, podía ser visto a la vez que oído. Por supuesto, no había manera de
    saber si le contemplaban a uno en un momento dado. Lo único posible era figurarse la frecuencia y el plan
    que empleaba la Policía del Pensamiento para controlar un hilo privado. Incluso se concebía que los vigilaran
    a todos a la vez. Pero, desde luego, podían intervenir su línea de usted cada vez que se les antojara. Tenía
    usted que vivir -y en esto el hábito se convertía en un instinto- con la seguridad de que cualquier sonido
    emitido por usted sería registrado y escuchado por alguien y que, excepto en la oscuridad, todos sus movimientos
    serían observados.
    Winston se mantuvo de espaldas a la telepantalla. Así era más seguro; aunque, como él sabía muy bien,
    incluso una espalda podía ser reveladora. A un kilómetro de distancia, el Ministerio de la Verdad, donde
    trabajaba Winston; se elevaba inmenso y blanco sobre el sombrío paisaje. «Esto es Londres», pensó con
    una sensación vaga de disgusto; Londres, principal ciudad de la Franja aérea 1, que era a su vez la tercera
    de las provincias más pobladas de Oceanía. Trató de exprimirse de la memoria algún recuerdo infantil que
    le dijera si Londres había sido siempre así. ¿Hubo siempre estas vistas de decrépitas casas decimonónicas,
    con los costados revestidos de madera, las ventanas tapadas con cartón, los techos remendados con planchas
    de cinc acanalado y trozos sueltos de tapias de antiguos jardines? ¿Y los lugares bombardeados, cuyos
    restos de yeso y cemento revoloteaban pulverizados en el aire, y el césped amontonado, y los lugares donde
    las bombas habían abierto claros de mayor extensión y habían surgido en ellos sórdidas colonias de chozas
    de madera que parecían gallineros? Pero era inútil, no podía recordar: nada le quedaba de su infancia excepto
    una serie de cuadros brillantemente iluminados y sin fondo, que en su mayoría le resultaban ininteligibles.
    El Ministerio de la Verdad -que en neolengua1 se le llamaba el Miniver- era diferente, hasta un extremo
    asombroso, de cualquier otro objeto que se presentara a la vista. Era una enorme estructura piramidal de
    cemento armado blanco y reluciente, que se elevaba, terraza tras terraza, a unos trescientos metros de altura.
    Desde donde Winston se hallaba, podían leerse, adheridas sobre su blanca fachada en letras de elegante
    forma, las tres consignas del Partido:
    LA GUERRA ES LA PAZ
    LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
    LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
    Se decía que el Ministerio de la Verdad tenía tres mil habitaciones sobre el nivel del suelo y las correspondientes
    ramificaciones en el subsuelo. En Londres sólo había otros tres edificios del mismo aspecto y
    tamaño. Éstos aplastaban de tal manera la arquitectura de los alrededores que desde el techo de las Casas de
    la Victoria se podían distinguir, a la vez, los cuatro edificios. En ellos estaban instalados los cuatro Ministerios
    entre los cuales se dividía todo el sistema gubernamental. El Ministerio de la Verdad, que se dedicaba a
    las noticias, a los espectáculos, la educación y las bellas artes. El Ministerio de la Paz, para los asuntos de
    guerra. El Ministerio del Amor, encargado de mantener la ley y el orden. Y el Ministerio de la Abundancia,
    al que correspondían los asuntos económicos. Sus nombres, en neolengua: Miniser, Minipax, Minimor y
    Minindancia.
    El Ministerio del Amor era terrorífico. No tenía ventanas en absoluto. Winston nunca había estado dentro
    del Minimor, ni siquiera se había acercado a medio kilómetro de él. Era imposible entrar allí a no ser por un
    asunto oficial y en ese caso había que pasar por un laberinto de caminos rodeados de alambre espinoso,
    puertas de acero y ocultos nidos de ametralladoras. Incluso las calles que conducían a sus salidas extremas,
    estaban muy vigiladas por guardias, con caras de gorila y uniformes negros, armados con porras.
    Winston se volvió de pronto. Había adquirido su rostro instantáneamente la expresión de tranquilo optimismo
    que era prudente llevar al enfrentarse con la telepantalla. Cruzó la habitación hacia la diminuta cocina.
    Por haber salido del Ministerio a esta hora tuvo que renunciar a almorzar en la cantina y en seguida
    comprobó que no le quedaban víveres en la cocina a no ser un mendrugo de pan muy oscuro que debía
    guardar para el desayuno del día siguiente. Tomó de un estante una botella de un líquido incoloro con una
    sencilla etiqueta que decía: Ginebra de la Victoria. Aquello olía a medicina, algo así como el espíritu de
    arroz chino. Winston se sirvió una tacita, se preparó los nervios para el choque, y se lo tragó de un golpe
    como si se lo hubieran recetado.
    Al momento, se le volvió roja la cara y los ojos empezaron a llorarle. Este líquido era como ácido nítrico;
    además, al tragarlo, se tenía la misma sensación que si le dieran a uno un golpe en la nuca con una porra de
    goma. Sin embargo, unos segundos después, desaparecía la incandescencia del vientre y el mundo empezaba
    a resultar más alegre. Winston sacó un cigarrillo de una cajetilla sobre la cual se leía: Cigarrillos de la
    1 La neoleugua era el idioma oficial de Oceanía.
    Victoria, y como lo tenía cogido verticalmente por distracción, se le vació en el suelo. Con el próximo pitillo
    tuvo ya cuidado y el tabaco no se salió. Volvió al cuarto de estar y se sentó ante una mesita situada a la
    izquierda de la telepantalla. Del cajón sacó un portaplumas, un tintero y un grueso libro en blanco de tamaño
    in-quarto, con el lomo rojo y cuyas tapas de cartón imitaban el mármol.
    Por alguna razón la telepantalla del cuarto de estar se encontraba en una posición insólita. En vez de
    hallarse colocada, como era normal, en la pared del fondo, desde donde podría dominar toda la habitación,
    estaba en la pared más larga, frente a la ventana. A un lado de ella había una alcoba que apenas tenía fondo,
    en la que se había instalado ahora Winston. Era un hueco que, al ser construido el edificio, habría sido calculado
    seguramente para alacena o biblioteca. Sentado en aquel hueco y situándose lo más dentro posible,
    Winston podía mantenerse fuera del alcance de la telepantalla en cuanto a la visualidad, ya que no podía
    evitar que oyera sus ruidos. En parte, fue la misma distribución insólita del cuarto lo que le indujo a lo que
    ahora se disponía a hacer.
    Pero también se lo había sugerido el libro que acababa de sacar del cajón. Era un libro excepcionalmente
    bello. Su papel, suave y cremoso, un poco amarillento por el paso del tiempo, por lo menos hacía cuarenta
    años que no se fabricaba. Sin embargo, Winston suponía que el libro tenía muchos años más. Lo había visto
    en el escaparate de un establecimiento de compraventa en un barrio miserable de la ciudad (no recordaba
    exactamente en qué barrio había sido) y en el mismísimo instante en que lo vio, sintió un irreprimible deseo
    de poseerlo. Los miembros del Partido no deben entrar en las tiendas corrientes (a esto se le llamaba, en
    tono de severa censura, «traficar en el mercado libre»), pero no se acataba rigurosamente esta prohibición
    porque había varios objetos -como cordones para los zapatos y hojas de afeitar- que era imposible adquirir
    de otra manera. Winston, antes de entrar en la tienda, había mirado en ambas direcciones de la calle para
    asegurarse de que no venía nadie y, en pocos minutos, adquirió el libro por dos dólares cincuenta. En aquel
    momento no sabía exactamente para qué deseaba el libro. Sintiéndose culpable se lo había llevado a su casa,
    guardado en su cartera de mano. Aunque estuviera en blanco, era comprometido guardar aquel libro.
    Lo que ahora se disponía Winston a hacer era abrir su Diario. Esto no se consideraba ilegal (en realidad,
    nada era ilegal, ya que no existían leyes), pero si lo detenían podía es tar seguro de que lo condenarían a
    muerte, o por lo menos a veinticinco años de trabajos forzados. Winston puso un plumín en el portaplumas
    y lo chupó primero para quitarle la grasa. La pluma era ya un instrumento arcaico. Se usaba rarísimas veces,
    ni siquiera para firmar, pero él se había procurado una, furtivamente y con mucha dificultad, simplemente
    porque tenía la sensación de que el bello papel cremoso merecía una pluma de verdad en vez de ser
    rascado con un lápiz tinta. Pero lo malo era que no estaba acostumbrado a escribir a mano. Aparte de las
    notas muy breves, lo corriente era dictárselo todo al hablescribe, totalmente inadecuado para las circunstancias
    actuales. Mojó la pluma en la tinta y luego dudó unos instantes. En los intestinos se le había producido
    un ruido que podía delatarle. El acto trascendental, decisivo, era marcar el papel. En una letra pequeña
    e inhábil escribió:
    4 de abril de 1984
    Se echó hacia atrás en la silla. Estaba absolutamente desconcertado. Lo primero que no sabía con certeza
    era si aquel era, de verdad, el año 1984. Desde luego, la fecha había de ser aquélla muy aproximadamente,
    puesto que él había nacido en 1944 o 1945, según creía; pero, «¡cualquiera va a saber hoy en qué año vive!
    », se decía Winston.
    Y se le ocurrió de pronto preguntarse: ¿Para quiét estaba escribiendo él este diario? Para el futuro, para
    los que aún no habían nacido. Su mente se posó durante unos momentos en la fecha que había escrito a la
    cabecera y luego se le presentó, sobresaltándose terriblemente, la palabra neolingüística doblepensar. Por
    primera vez comprendió la magnitud de lo que se proponía hacer. ¿Cómo iba a comunicar con el futuro?
    Esto era imposible por su misma naturaleza. Una de dos: o el futuro se parecía al presente y entonces no le
    haría ningún caso, o sería una cosa distinta y, en tal caso, lo que él dijera carecería de todo sentido para ese
    futuro.
    Durante algún tiempo permaneció contemplando estúpidamente el papel. La telepantalla transmitía ahora
    estridente música militar. Es curioso: Winston no sólo parecía haber perdido la facultad de expresarse, sino
    haber olvidado de qué iba a ocuparse. Por espacio de varias semanas se había estado preparando para este
    momento y no se le había ocurrido pensar que para realizar esa tarea se necesitara algo más que atrevimiento.
    El hecho mismo de expresarse por escrito, creía él, le sería muy fácil.-Sólo tenía que trasladar al papel el
    interminable e inquieto monólogo que desde hacía muchos años venía corriéndole por la cabeza. Sin embargo,
    en este momento hasta el monólogo se le había secado. Además, sus varices habían empezado a es-
    cocerle insoportablemente. No se atrevía a rascarse porque siempre que lo hacía se le inflamaba aquello.
    Transcurrían los segundos y él sólo tenía conciencia de la blancura del papel ante sus ojos, el absoluto vacío
    de esta blancura, el escozor de la piel sobre el tobillo, el estruendo de la músicä militar, y una leve sensación
    de atontamiento producido por la ginebra.
    De repente, empezó a escribir con gran rapidez, como si lo impulsara el pánico, dándose apenas cuenta
    de lo que escribía. Con su letrita infantil iba trazando líneas torcidas y si primero empezó a «comerse» las
    mayúsculas, luego suprimió incluso los puntos:
    4 de abril de 1984. Anoche estuve en los flicks. Todas las películas eran de guerra. Había una muy buena
    de un barco lleno de refugiados que lo bombardeaban en no sé dónde del Mediterráneo. Al público le
    divirtieron mucho dar planos de un hombre muy grande y muy gordo que intentaba escaparse nadando de
    un helicóptero que lo perseguía, Primero se le veía en el agua chapoteando como una tortuga, luego lo
    veías por lar visores de las ametralladoras del helicóptero, luego se veía cómo lo iban agujereando a tiros
    y el agua a su alrededor que se ponía toda roja y el gordo se hundía como si el agua le entrase por los
    agujeros que le habían hecho las balas. La gente se moría de risa cuando el gordo se iba hundiendo en el
    agua, y también una lancha salvavidas llena de niños con un helicóptero que venga a darle vueltas y más
    vueltas había una mujer de edad madura que bien podía ser una judía y estaba sentada en la proa con un
    niño en lar brazos que quizás tuviera unos tres años. El niño chillaba con mucho pánico, metía la cabeza
    entre los pechos de la mujer y parecía que se quería esconder así y la mujer lo rodeaba con los brazos y lo
    consolaba como si ella no estuviese también aterrada y como si por tenerlo así en los brazos fuera a evitar
    que le alcanzaran al niño las balas. Entonces va el helicóptero y tira una bomba de veinte kilos sobre el
    bote y no queda ni una astilla de él, que fue una explosión pero que magnífica, y luego salía un primer
    plano maravilloso del brazo del niño subiendo por el aire yo creo que un helicóptero con su cámara debe
    haberlo seguido así por el aire y la gente aplaudió muchísimo pero una mujer que estaba entre los proletarios
    empezó a armar un escándalo terrible chillandoo que no debían echar eso no debían echarlo delante
    de los críos que no debían hasta que la policía la sacó de allí a rastras no creo que le pasara nada a
    nadie le importa lo que dicen los proletarios porque dicen es la reacción típica de las proletarias y nadie
    hace caso y nunca…
    Winston dejó de escribir, en parte debido a que le daban calambres. No sabía por qué había soltado esta
    sarta de incongruencias. Pero lo curioso era que mientras lo hacía se le había aclarado otra faceta de su
    memoria hasta el punto de que ya se creía en condiciones de escribir lo que realmente había querido poner
    en su libro. Ahora se daba cuenta de que si había querido venir a casa a empezar su diario precisamente hoy
    era a causa de este otro incidente.
    Había ocurrido aquella misma mañana en el Ministerio, si es que algo de tal vaguedad podía haber ocurrido.
    Cerca de las once y ciento en el Departamento de Registro, donde trabajaba Winston, sacaban las sillas
    de las cabinas y las agrupaban en el centro del vestíbulo, frente a la gran telepantalla, preparándose para los
    Dos Minutos de Odio. Winston acababa de sentarse en su sitio, en una de las filas de en medio, cuando
    entraron dos personas a quienes él conocía de vista, pero a las cuales nunca había hablado. Una de estas
    personas era una muchacha con la que se había encontrado frecuentemente en los pasillos. No sabía su
    nombre, pero sí que trabajaba en el Departamento de Novela. Probablemente -ya que la había visto algunas
    veces con las manos grasientas y llevando paquetes de composición de imprenta- tendría alguna labor mecánica
    en una de las máquinas de escribir novelas. Era una joven de aspecto audaz, de unos veintisiete años,
    con espeso cabello negro, cara pecosa y movimientos rápidos y atléticos. Llevaba el «mono» ceñido por
    una estrecha faja roja que le daba varias veces la vuelta a la cintura realzando así la atractiva forma de sus
    caderas; y ese cinturón era el emblema de la Liga juvenil AntiSex. A Winston le produjo una sensación
    desagradable desde el primer momento en que la vio. Y sabía la razón de este mal efecto: la atmósfera de
    los campos de hockey y duchas frías, de excursiones colectivas y el aire general de higiene mental que trascendía
    de ella. En realidad, a Winston le molestaban casi todas las mujeres y especialmente las jóvenes y
    bonitas porque eran siempre las mujeres, y sobre todo las jóvenes, lo más fanático del Partido, las que se
    tragaban todos los slogans de propaganda y abundaban entre ellas las espías aficionadas y las que mostraban
    demasiada curiosidad por lo heterodoxo de los demás. Pero esta muchacha determinada le había dado
    la impresión de ser más peligrosa que la mayoría. Una vez que se cruzaron en el corredor, la joven le dirigió
    una rápida mirada oblicua que por unos momentos dejó aterrado a Winston. Incluso se le había ocurrido
    que podía ser una agente de la Policía del Pensamiento. No era, desde luego, muy probable. Sin embargo,
    Winston siguió sintiendo una intranquilidad muy especial cada vez que la muchacha se hallaba cerca de él,
    una mezcla de miedo y hostilidad. La otra persona era un hombre llamado O’Brien, miembro del Partido
    Interior y titular de un cargo tan remoto e importante, que Winston tenía una idea muy confusa de qué se
    trataba. Un rápido murmullo pasó por el grupo ya instalado en las sillas cuando vieron acercarse el «mono»
    negro de un miembro del Partido Interior. O’Brien era un hombre corpulento con un ancho cuello y un rostro
    basto, brutal, y sin embargo rebosante de buen humor. A pesar de su formidable aspecto, sus modales
    eran bastante agradables. Solía ajustarse las gafas con un gesto que tranquilizaba a sus interlocutores, un
    gesto que tenía algo de civilizado, y esto era sorprendente tratándose de algo tan leve. Ese gesto -si alguien
    hubiera sido capaz de pensar así todavía- podía haber recordado a un aristócrata del siglo XVIII ofreciendo
    rapé en su cajita. Winston había visto a O’Brien quizás sólo una docena de veces en otros tantos años. Sentíase
    fuertemente atraído por él y no sólo porque le intrigaba el contraste entre los delicados modales de
    O’Brien y su aspecto de campeón de lucha libre, sino mucho más por una convicción secreta -o quizás ni
    siquiera fuera una convicción, sino sólo una esperanza- de que la ortodoxia política de O’Brien no era perfecta.
    Algo había en su cara que le impulsaba a uno a sospecharlo irresistiblemente. Y quizás no fuera ni
    siquiera heterodoxia lo que estaba escrito en su rostro, sino, sencillamente, inteligencia. Pero de todos modos
    su aspecto era el de una persona a la que se le podría hablar si, de algún modo, se pudiera eludir la telepantalla
    y llevarlo aparte. Winston no había hecho nunca el menor esfuerzo para comprobar su sospecha y
    es que, en verdad, no había manera de hacerlo. En este momento, O’Brien miró su reloj de pulsera y, al ver
    que eran las once y ciento, seguramente decidió quedarse en el Departamento de Registro hasta que pasaran
    los Dos Minutos de Odio. Tomó asiento en la misma fila que Winston, separado de él por dos sillas., Una
    mujer bajita y de cabello color arena, que trabajaba en la cabina vecina a la de Winston, se instaló entre
    ellos. La muchacha del cabello negro se sentó detrás de Winston.
    Un momento después se oyó un espantoso chirrido, como de una monstruosa máquina sin engrasar, ruido
    que procedía de la gran telepantalla situada al fondo de la habitación. Era un ruido que le hacía rechinar a
    uno los dientes y que ponía los pelos de punta. Había empezado el Odio.
    Como de costumbre, apareció en la pantalla el rostro de Emmanuel Goldstein, el Enemigo del Pueblo.
    Del público salieron aquí y allá fuertes silbidos. La mujeruca del pelo arenoso dio un chillido mezcla de
    miedo y asco. Goldstein era el renegado que desde hacía mucho tiempo (nadie podía recordar cuánto) había
    sido una de las figuras principales del Partido, casi con la-misma importancia que el Gran Hermano, y luego
    se había dedicado a actividades contrarrevolucionarias, había sido condenado a muerte y se había escapado
    misteriosamente, desapareciendo para siempre. Los programas de los Dos Minutos de Odio variaban
    cada día, pero en ninguno de ellos dejaba de ser Goldstein el protagonista. Era el traidor por excelencia, el
    que antes y más que nadie había manchado la pureza del Partido. Todos los subsiguientes crímenes contra
    el Partido, todos los actos de sabotaje, herejías, desviaciones y traiciones de toda clase procedían- directamente
    de sus enseñanzas. En cierto modo, seguía vivo y conspirando. Quizás se encontrara en algún lugar
    enemigo, a sueldo de sus amos extranjeros, e incluso era posible que, como se rumoreaba alguna vez, estuviera
    escondido en algún sitio de la propia Oceanía.
    El diafragma de Winston se encogió. Nunca podía ver la cara de Goldstein sin experimentar una penosa
    mezcla de emociones. Era un rostro judío, delgado, con una aureola de pelo blanco y una barbita de chivo:
    una cara inteligente que tenía, sin embargo, algo de despreciable y una especie de tontería senil que le prestaba
    su larga nariz, a cuyo extremo se sostenían en difícil equilibrio unas gafas. Parecía el rostro de una
    oveja y su misma voz tenía algo de ovejuna. Goldstein pronunciaba su habitual discurso en el que atacaba
    venenosamente las doctrinas del Partido; un ataque tan exagerado y perverso que hasta un niño podía darse
    cuenta de que sus acusaciones no se tenían de pie, y sin embargo, lo bastante plausible para que pudiera
    uno alarmarse y no fueran a dejarse influir por insidias algunas personas ignorantes. Insultaba al Gran
    Hermano, acusaba al Partido de ejercer una dictadura y pedía que se firmara inmediatamente la paz con
    Eurasia. Abogaba por la libertad de palabra, la libertad de Prensa, la libertad de reunión y la libertad de
    pensamiento, gritando histéricamente que la revolución había sido traicionada. Y todo esto a una rapidez
    asombrosa que era una especie de parodia del estilo habitual de los oradores del Partido e incluso utilizando
    palabras de neolengua, quizás con más palabras neolingüísticas de las que solían emplear los miembros del
    Partido en la vida corriente. Y mientras gritaba, por detrás de él desfilaban interminables columnas del
    ejército de Enrasia, para que nadie interpretase como simple palabrería la oculta maldad de las frases de
    Goldstein. Aparecían en la pantalla filas y más filas de forzudos soldados, con impasibles rostros asiáticos;
    se acercaban a primer término y desaparecían. El sordo y rítmico clap-clap de las botas militares formaba el
    contrapunto de la hiriente voz de Goldstein. .
    Antes de que el Odio hubiera durado treinta segundos, la mitad de los espectadores lanzaban incontenibles
    exclamaciones de rabia. La satisfecha y ovejuna faz del enemigo y el terrorífico poder del ejército que
    desfilaba a sus espaldas, pera demasiado para que nadie pudiera resistirlo indiferente. Además, sólo con ver
    a Goldstein o pensar en él surgían el miedo y la ira automáticamente. Era él un objeto de odio más constante
    que Eurasia o que Asia Oriental, ya que cuando Oceanía estaba en guerra con alguna de estas potencias,
    solía hallarse en paz con la otra. Pero lo extraño era que, a pesar de ser Goldstein el blanco de todos los
    odios y de que todos lo despreciaran, a pesar de que apenas pasaba día y cada día ocurría esto mil veces-
    sin que sus teorías fueran refutadas, aplastadas, ridiculizadas, en la telepantalla, en las tribunas públicas, en
    los periódicos y en los libros… a pesar de todo ello, su influencia no parecía disminuir. Siempre había nuevos
    incautos dispuestos a dejarse engañar por él. No pasaba ni un solo día sin que espías y saboteadores que
    trabajaban siguiendo sus instrucciones fueran atrapados por la Policía del Pensamiento. Era el jefe supremo
    de un inmenso ejército que actuaba en la sombra, una subterránea red de conspiradores que se proponían
    derribar al Estado. Se suponía que esa organización se llamaba la Hermandad. Y también se rumoreaba que
    existía un libro terrible, compendio de todas las herejías, del cual era autor Goldstein y que circulaba clandestinamente.
    Era un libro sin título. La gente se refería a él llamándole sencillamente el libro. Pero de estas
    cosas sólo era posible enterarse por vagos rumores. Los miembros corrientes del Partido no hablaban jamás
    de la Hermandad ni del libro si tenían manera de evitarlo.
    En su segundo minuto, el odio llegó al frenesí. Los espectadores saltaban y gritaban enfurecidos tratando
    de apagar con sus gritos la perforante voz que salía de la pantalla. La mujer del cabello color arena se había
    puesto al rojo vivo y abría y cerraba la boca como un pez al que acaban de dejar en tierra. Incluso O’ßrien
    tenía la cara congestionada. Estaba sentado muy rígido y respiraba con su poderoso pecho como si estuviera
    resistiendo la presión de una gigantesca ola. La joven sentada exactamente detrás de Winston, aquella
    morena, había empezado a gritar: «¡Cerdo! !Cerdo! ¡Cerdo!», y, de pronto, cogiendo un pesado diccionario
    de neolengua, lo arrojó a la pantalla. El diccionario le dio a Goldstein en la nariz y rebotó. Pero la voz continuó
    inexorable. En un momento de lucidez descubrió Winston que estaba chillando histéricamente como
    los demás y dando fuertes patadas con los talones contra los palos de su propia silla. Lo horrible de los Dos
    Minutos de Odio no era el que cada uno tuviera que desempeñar allí un papel sino, al contrario, que era
    absolutamente imposible evitar la participación porque era uno arrastrado irremisiblemente. A los treinta
    segundos no hacía falta fingir. Un éxtasis de miedo y venganza, un deseo de matar, de torturar, de aplastar
    rostros con un martillo, parecían recorrer a todos los presentes como una corriente eléctrica convirtiéndole
    a uno, incluso contra su voluntad, en un loco gesticulador y vociferante. Y sin embargo, la rabia que se
    sentía era una emoción abstracta e indirecta que podía aplicarse a uno u otro objeto como la llama de una
    lámpara de soldadura autógena. Así, en un momento determinado, el odio de Winston no se dirigía contra
    Goldstein, sino contra el propio Gran Hermano, contra el Partido y contra la Policía del Pensamiento; y
    entonces su corazón estaba de parte del solitario e insultado hereje de la pantalla, único guardián de la verdad
    y la cordura en un mundo de mentiras. Pero al instante siguiente, se hallaba identificado por completo
    con la gente que le rodeaba y le parecía verdad todo lo que decían de Goldstein. Entonces, su odio contra el
    Gran Hermano se transformaba en adoración, y el Gran Hermano se elevaba como una invencible torre,
    como una valiente roca capaz de resistir los ataques de las hordas asiáticas, y Goldstein, a pesar de su aislamiento,
    de su desamparo y de la duda que flotaba sobre su existencia misma, aparecía como un siniestro
    brujo capaz de acabar con la civilización entera tan sólo con el poder de su voz.
    Incluso era posible, en ciertos momentos, desviar el odio en una u otra dirección mediante un esfuerzo de
    voluntad. De pronto, por un esfuerzo semejante al que nos permite se parar de la almohada la cabeza para
    huir de una pesadilla, Winston conseguía trasladar su odio a la muchacha que se encontraba detrás de él.
    Por su mente pasaban, como ráfagas, bellas y deslumbrantes alucinaciones. Le daría latigazos con una porra
    de goma hasta matarla. La ataría desnuda en un piquete y la atravesaría con flechas como a san Sebastián.
    La violaría y en el momento del clímax le cortaría la garganta. Sin embargo, se dio cuenta mejor que
    antes de por qué la odiaba. La odiaba porque era joven y bonita y asexuada; porque quería irse a la cama
    con ella y no lo haría nunca; porque alrededor de su dulce y cimbreante cintura, que parecía pedir que la
    rodearan con el brazo, no había más que la odiosa banda roja, agresivo símbolo de castidad.
    El odio alcanzó su punto de máxima exaltación. La voz de Goldstein se había convertido en un auténtico
    balido ovejuno. Y su rostro, que había llegado a ser el de una oveja, se transformó en la cara de un soldado
    de Eurasia, el cual parecía avanzar, enorme y terrible, sobre los espectadores disparando atronadoramente
    su fusil ametralladora. Enteramente parecía salirse de la pantalla, hasta tal punto que muchos de los presentes
    se echaban hacia atrás en sus asientos. Pero en el mismo instante, produciendo con ello un hondo suspiro
    de alivio en todos, la amenazadora figura se fundía para que surgiera en su lugar el rostro del Gran Hermano,
    con su negra cabellera y sus grandes bigotes negros, un rostro rebosante de poder y de misteriosa
    calma y tan grande que llenaba casi la pantalla. Nadie oía lo que el gran camarada éstaba diciendo. Eran
    sólo unas cuantas palabras para animarlos, esas palabras que suelen decirse a las tropas en cualquier batalla,
    y que no es preciso entenderlas una por una, sino que infunden confianza por el simple hecho de ser pronunciadas.
    Entonces, desapareció a su vez la monumental cara del Gran Hermano y en su lugar aparecieron
    los tres slogans del Partido en grandes letras:
    LA GUERRA ES LA PAZ
    LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
    LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
    Pero daba la impresión -por un fenómeno óptico psicológico- de que el rostro del Gran Hermano persistía
    en la pantalla durante algunos segundos, como si el «impacto» que había producido en las retinas de los
    espectadores fuera demasiado intenso para borrarse inmediatamente. La mujeruca del cabello color arena se
    lanzó hacia delante, agarrándose a la silla de la fila anterior y luego, con un trémulo murmullo que sonaba
    algo así como.«¡Mi salvador!», extendió los brazos hacia la pantalla. Después ocultó la cara entre sus manos.
    Sin duda, estaba rezando a su manera.
    Entonces, todo el grupo prorrumpió en un canto rítmico, lento y profundo: «!Ge-Hache. Ge-Hache… Ge-
    Hache!», dejando una gran pausa entre la G y la H. Era un canto monótono y salvaje en cuyo fondo parecían
    oírse pisadas de pies desnudos y el batir de los tan-tam. Este canturreo duró unos treinta segundos. Era
    un estribillo que surgía en todas las ocasiones de gran emoción colectiva. En parte, era una especie de himno
    a la sabiduría y majestad del Gran Hermano; pero, más aún, constituía aquello un procedimiento de autohipnosis,
    un modo deliberado de ahogar la conciencia mediante un ruido rítmico. A Winston parecían enfriársele
    las entrañas. En los Dos Minutos de Odio, no podía evitar que la oleada emotiva le arrastrase, pero
    este infrahumano canturreo -«¡G-H… G-H… G-H!»- siempre le llenaba de horror. Desde luego, se unía al
    coro; esto era obligatorio: Controlar los verdaderos sentimientos y hacer lo mismo que hicieran los demás
    era una reacción natural. Pero durante un par de segundos, sus ojos podían haberlo delatado. Y fue precisamente
    en esos instantes cuando ocurrió aquello que a él le había parecido significativo… si es que había
    ocurrido.
    Momentáneamente, sorprendió la mirada de O’Brien. Éste se había levantado; se había quitado las gafas
    volviéndoselas a colocar con su delicado y característico gesto. Pero durante una fracción de segundo, se
    encontraron sus ojos con los de Winston y éste supo -sí, lo supo- que OBrien pensaba lo mismo que él. Un
    inconfundible mensaje se había cruzado entre ellos. Era como si sus dos mentes se hubieran abierto y los
    pensamientos hubieran volado de la una a la otra a través de los ojos. «Estoy contigo», parecía estarle diciendo
    OBrien. «Sé en qué estás pensando. Conozco tu asco, tu odio, tu disgusto. Pero no te preocupes;
    ¡estoy contigo!» Y luego la fugacïsima comunicación se había interrumpido y la expresión de OBrien volvió
    a ser tan inescrutable como la de todos los demás.
    Esto fue todo y ya no estaba seguro de si había sucedido efectivamente. Tales incidentes nunca tenían
    consecuencias para Winston. Lo único que hacían era mantener viva en él la creencia o la esperanza de que
    otros, además de él, eran enemigos del Partido. Quizás, después de todo, resultaran ciertos los rumores de
    extensas conspiraciones subterráneas; quizás existiera de verdad la Hermandad. Era imposible, a pesar de
    los continuos arrestos y las constantes confesiones y ejecuciones, estar seguro de que la Hermandad no era
    sencillamente un mito. Algunos días lo creía Winston; otros, no. No había pruebas, sólo destellos que podían
    significar algo o no significar nada: retazos de conversaciones oídas al pasar, algunas palabras garrapateadas
    en las paredes de los lavabos, y, alguna vez, al encontrarse dos desconocidos, ciertos movimientos
    de las manos que podían parecer señales de reconocimiento. Pero todo ello eran suposiciones que podían
    resultar totalmente falsas. Winston había vuelto a su cubículo sin mirar otra vez a O’Brien. Apenas cruzó
    por su mente la idea de continuar este momentáneo contacto. Hubiera sido extremadamente peligroso incluso
    si hubiera sabido él cómo entablar esa relación. Durante uno o dos segundos, se había cruzado entre
    ellos una mirada equívoca, y eso era todo. Pero incluso así, se trataba de un acontecimiento memorable en
    el aislamiento casi hermético en que uno tenía que vivir.
    Winston se sacudió de encima estos pensamientos y tomó una posición más erguida en su silla. Se le escapó
    un eructo. La ginebra estaba haciendo su efecto.
    Volvieron a fijarse sus ojos en la página. Descubrió entonces que durante todo el tiempo en que había estado
    recordando, no había dejado de escribir como por una acción automática. Y ya no era la inhábil escritura
    retorcida de antes. Su pluma se había deslizado voluptuosamente sobre el suave papel, imprimiendo en
    claras y grandes mayúsculas lo siguiente:
    ABAJO EL GRAN HERMANO
    ABAJO EL GRAN HERMANO
    ABAJO EL GRAN HERMANO
    ABAJO EL GRAN HERMANO
    ABAJO EL GRAN HERMANO
    Una vez y otra, hasta llenar media página.
    No pudo evitar un escalofrío de pánico. Era absurdo, ya que escribir aquellas palabras no era más peligroso
    que el acto inicial de abrir un diario; pero, por un instante, estuvo tentado de romper las páginas ya
    escritas y abandonar su propósito.
    Sin embargo, no lo hizo, porque sabia que era inútil. El hecho de escribir ABAJO EL GRAN
    HERMANO o no escribirlo, era completamente igual. Seguir con el diario o renunciar a escribirlo, venía a
    ser lo mismo. La Policía del Pensamiento lo descubriría de todas maneras. Winston había cometido -
    seguiría habiendo cometido aunque no hubiera llegado a posar la pluma sobre el papel- el crimen esencial
    que contenía en sí todos los demás. El crimental (crimen mental), como lo llamaban. El crimental no podía
    ocultarse durante mucho tiempo. En ocasiones, se podía llegar a tenerlo oculto años enteros, pero antes o
    después lo descubrían a uno.
    Las detenciones ocurrían invariablemente por la noche. Se despertaba uno sobresaltado porque una mano
    le sacudía a uno el hombro, una linterna le enfocaba los ojos y un círculo de sombríos rostros aparecía en
    torno al lecho. En la mayoría de los casos no había proceso alguno ni se daba cuenta oficialmente de la
    detención. La gente desaparecía sencillamente y siempre durante la noche. El nombre del individuo en
    cuestión desaparecía de los registros, se borraba de todas partes toda referencia a lo que hubiera hecho y su
    paso por la vida quedaba totalmente anulado como si jamás hubiera existido. Para esto se empleaba la palabra
    vaporizado.
    Winston sintió una especie de histeria al pensar en estas cosas. Empezó a escribir rápidamente y con muy
    mala letra:
    me matarán no me importa me matarán me dispararán en la nuca me da lo mismo abajo el gran hermano
    siempre le matan a uno por la nuca no me importa abajo el gran hermano…
    Se echó hacia atrás en la silla, un poco avergonzado de sí mismo, y dejó la pluma sobre la mesa. De repente,
    se sobresaltó espantosamente. Habían llamado a la puerta.
    ¡Tan pronto! Siguió sentado inmóvil, como un ratón asustado, con la tonta esperanza de que quien fuese
    se marchara al ver que no le abrían. Pero no, la llamada se repitió.
    Lo peor que podía hacer Winston era tardar en abrir. Le redoblaba el corazón como un tambor, pero es
    muy probable que sus facciones, a fuerza de la costumbre, resultaran inexpresivas. Levantóse y se acercó
    pesadamente a la puerta.
    II
    Al poner la mano en el pestillo recordó Winston que había dejado el Diario abierto sobre la mesa. En
    aquella página se podía leer desde lejos el ABAJO EL GRAN HERMANO repetido en toda ella con letras
    grandísimas. Pero Winston sabía que incluso en su pánico no había querido estropear el cremoso papel cerrando
    el libro mientras la tinta no se hubiera secado.
    Contuvo la respiración y abrió la puerta. Instantáneamente, le invadió una sensación de alivio. Una mujer
    insignificante, avejentada, con el cabello revuelto y la cara llena de arrugas, estaba a su lado.
    -¡Oh, camarada! empezó a decir la mujer en una voz lúgubre y quejumbrosa-; te sentí llegar y he venido
    por si puedes echarle un ojo al desagüe del fregadero. Se nos ha atascado…
    Era la señora Parsons, esposa de un vecino del mismo piso (señora era una palabra desterrada por el Partido,
    ya que había que llamar a todos camaradas, pero con algunas mujeres se usaba todavía instintivamente).
    Era una mujer de unos treinta años, pero aparentaba mucha más edad. Se tenía la impresión de que
    había polvo reseco en las arrugas de su cara. Winston la siguió por el pasillo. Estas reparaciones de aficionado
    constituían un fastidio casi diario. Las Casas de la Victoria eran unos antiguos pisos construidos hacia
    1930 aproximadamente y se hallaban en estado ruinoso. Caían constantemente trozos de yeso del techo y
    de la pared, las tuberías se estropeaban con cada helada, había innumerables goteras y la calefacción funcionaba
    sólo a medias cuando funcionaba, porque casi siempre la cerraban por economía. Las reparaciones,
    excepto las que podía hacer uno por sí mismo, tenían que ser autorizadas por remotos comités que solían
    retrasar dos años incluso la compostura de un cristal roto.
    -Si le he molestado es porque Tom no está en casa -dijo la señora Parsons vagamente.
    El piso de los Parsons era mayor que el de Winston y mucho más descuidado. Todo parecía roto y daba
    la impresión de que allí acababa de agitarse un enorme y violento animal. Por el suelo estaban tirados diversos
    artículos para deportes -bastones de hockey, guantes de boxeo, un balón de reglamento, unos pantalones
    vueltos del revés- y sobre la mesa había un montón de platos sucios y cuadernos escolares muy usados.
    En las paredes, unos carteles rojos de la Liga juvenil y de los Espías y un gran cartel con el retrato de
    tamaño natural del Gran Hermano. Por supuesto, se percibía el habitual olor a verduras cocidas que era el
    dominante en todo el edificio, pero en este piso era más fuerte el olor a sudor, que -se notaba desde el primer
    momento, aunque no podría uno decir por qué- era el sudor de una persona que no se hallaba presente
    entonces. En otra habitación, alguien con un peine y un trozo de papel higiénico trataba de acompañar a la
    música militar que brotaba todavía de la telepantalla.
    -Son los niños -dijo la señora Parsons, lanzando una mirada aprensiva hacia la puerta-. Hoy no han salido.
    Y, desde luego…
    Aquella mujer tenía la costumbre de interrumpir sus frases por la mitad. El fregadero de la cocina estaba
    lleno casi hasta el borde con agua sucia y verdosa que olía aún peor que la verdura. Winston se arrodilló y
    examinó el ángulo de la tubería de desagüe donde estaba el tornillo. Le molestaba emplear sus manos y
    también tener que arrodillarse, porque esa postura le hacía toser. La señora Parsons lo miró desanimada:
    -Naturalmente, si Tom estuviera en casa lo arreglaría en un momento. Le gustan esas cosas. Es muy hábil
    en cosas manuales. Sí, Tom es muy…
    Parsons era el compañero de oficina de Winston en el Ministerio de la Verdad. Era un hombre muy grueso,
    pero activo y de una estupidez asombrosa, una masa de entusiasmos imbéciles, uno de esos idiotas de
    los cuales, todavía más que de la Policía del Pensamiento, dependía la estabilidad del Partido. A sus treinta
    y cinco años acababa de salir de la Liga juvenil, y antes de ser admitido en esa organización había conseguido
    permanecer en la de los Espías un año más de lo reglamentario. En el Ministerio estaba empleado en
    un puesto subordinado para el que no se requería inteligencia alguna, pero, por otra parte, era una figura
    sobresaliente del Comité deportivo y de todos los demás comités dedicados a organizar excursiones colectivas,
    manifestaciones espontáneas, las campañas pro ahorro y en general todas las actividades «voluntarias
    ». Informaba a quien quisiera oírle, con tranquilo orgullo y entre chupadas a su pipa, que no había dejado
    de acudir ni un solo día al Centro de la Comunidad durante los cuatro años pasados. Un fortísimo olor a
    sudor, una especie de testimonio inconsciente de su continua actividad y energía, le seguía a donde quiera
    que iba, y quedaba tras él cuando se hallaba lejos.
    -¿Tiene usted un destornillador? -dijo Winston tocando el tapón del desagüe.
    -Un destornillador –dijo la señora Parsons, inmovilizándose inmediatamente-. Pues, no sé. Es posible
    que los niños…
    En la habitación de al lado se oran fuertes pisadas y más trompetazos con el peine. La señora Parsons trajo
    el destornillador. Winston dejó salir el agua y quitó con asco el pegote de cabello que había atrancado el
    tubo. Se limpió los dedos lo mejor que pudo en el agua fría del grifo y volvió a la otra habitación.
    -!Arriba las manos! -chilló una voz salvaje.
    Un chico, guapo y de aspecto rudo, que parecía tener unos nueve años, había surgido por detrás de la mesa
    y amenazaba a Winston con una pistola automática de juguete mientras que su hermanita, de unos dos
    años menos, hacia el mismo ademán con un pedazo de madera. Ambos iban vestidos con pantalones cortos
    azules, camisas grises y pañuelo rojo al cuello. Éste era el uniforme de los Espías. Winston levantó las manos,
    pero a pesar de la broma sentía cierta inquietud por el gesto de maldad que veía en el niño.
    -!Eres un traidorl -grito el chico-. ¡Eres un criminal mentall ¡Eres un espía de Eurasial ¡Te mataré, te vaporizaré;
    te mandaré a las minas de sal!
    De pronto, tanto el niño como la niña empezaron a saltar en torno a él gritando: «¡Traidor!» «¡Criminal
    mental!», imitando la niña todos los movimientos de su hermano. Aquello producía un poco de miedo, algo
    así como los juegos de los cachorros de los tigres cuando pensamos que pronto se convertirán en devoradores
    de hombres. Había una especie de ferocidad calculadora en la mirada del pequeño, un deseo evidente de
    darle un buen bolpe a Winston, de hacerle daño de alguna manera, una convicción de ser ya casi lo suficientemente
    hombre para hacerlo. «¡Qué suerte que el niño no tenga en la mano más que una pistola de juguete!
    », pensó Winston.
    La mirada de la señora Parsons iba nerviosamente de los niños a Winston y de éste a los niños. Como en
    aquella habitación había mejor luz, pudo notar Winston que en las arrugas de la mujer había efectivamente
    polvo.
    -Hacen tanto ruido… -dijo ella-. Están disgustados porque no pueden ir a ver ahorcar a esos. Estoy segura
    de que por eso revuelven tanto. Yo no puedo llevarlos; tengo demasiado quehacer. Y Tom no volverá de su
    trabajo a tiempo.
    -¿Por qué no podemos ir a ver cómo los cuelgan -gritó el pequeño con su tremenda voz, impropia de su
    edad. -¡Queremos verlos colgar! ¡Queremos verlos colgar! -canturreaba la chiquilla mientras saltaba.
    Varios prisioneros eurasiáticos, culpables de crímenes de guerra, serían ahorcados en el parque aquella
    tarde, recordó Winston. Esto solía ocurrir una vez al mes y constituía un espectáculo popular. A los niños
    siempre les hacía gran ilusión asistir a él. Winston se despidió de la señora Parsons y se dirigió hacia la
    puerta. Pero apenas había bajado seis escalones cuando algo le dio en el cuello por detrás produciéndole un
    terrible dolor. Era como si le hubieran aplicado un alambre incandescente. Se volvió a tiempo de ver cómo
    retiraba la señora Parsons a su hijo del descansillo. El chico se guardaba un tirachinas en el bolsillo.
    -¡Goldstein! -gritó el pequeño antes de que la madre cerrara la puerta, pero lo que más asustó a Winston
    fue la mirada de terror y desamparo de la señora Parsons.
    De nuevo en su piso, cruzó rápidamente por delante de la telepantalla y volvió a sentarse ante la mesita
    sin dejar de pasarse la mano por su dolorido cuello. La música de la telepantalla se había detenido. Una voz
    militar estaba leyendo, con una especie de brutal complacencia, una descripción de los armamentos de la
    nueva fortaleza flotante que acababa de ser anclada entre Islandia y las islas Feroe.
    Con aquellos niños, pensó Winston, la desgraciada mujer debía de llevar una vida terrorífica. Dentro de
    uno o dos años sus propios hijos podían descubrir en ella algún indicio de herejía. Casi todos los niños de
    entonces eran horribles. Lo peor de todo era que esas organizaciones, como la de los Espías, los convertían
    sistemáticamente en pequeños salvajes ingobernables, y, sin embargo, este salvajismo no les impulsaba a
    rebelarse contra la disciplina del Partido. Por el contrario, adoraban al Partido y a todo lo que se relacionaba
    con él. Las canciones, los desfiles, las pancartas, las excursiones colectivas, la instrucción militar infantil
    con fusiles de juguete, los slogans gritados por doquier, la adoración del Gran Hermano… todo ello era para
    los niños un estupendo juego. Toda su ferocidad revertía hacia fuera, contra los enemigos del Estado, contra
    los extranjeros, los traidores, saboteadores y criminales del pensamiento. Era casi normal que personas
    de más de treinta años les tuvieran un miedo cerval a sus hijos. Y con razón, pues apenas pasaba una semana
    sin que el Times publicara unas líneas describiendo cómo alguna viborilla -la denominación oficial era
    «heroico niño»- había denunciado a sus padres a la Policía del Pensamiento contándole a ésta lo que había
    oído en casa.
    La molestia causada por el proyectil del tirachinas se le había pasado. Winston volvió a coger la pluma
    preguntándose si no tendría algo más que escribir. De pronto, empezó a pensar de nuevo en O’Brien.
    Años atrás cuánto tiempo hacía, quizás siete años había soñado Winston que paseaba por una habitación
    oscura… Alguien sentado a su lado le había dicho al pasar él: «Nos encontraremos en el lugar donde no hay
    oscuridad». Se lo había dicho con toda calma, de una manera casual, más como una afirmación cualquiera
    que como una orden. Él había seguido andando. Y lo curioso era que al oírlas en el sueño, aquellas palabras
    no le habían impresionado. Fue sólo, más tarde y gradualmente cuando empezaron a tomar significado.
    Ahora no podía recordar si fue antes o después de tener el sueño cuando había visto a O’Brien por vez primera;
    y tampoco podía recordar cuándo había identificado aquella voz como la de OBrien. Pero, de todos
    modos, era indudablemente OBrien quien le había hablado en la oscuridad.
    Nunca había podido sentirse absolutamente seguro -incluso después del fugaz encuentro de sus miradas
    esta mañana- de si OBrien era un amigo o un enemigo. Ni tampoco importaba mucho esto. Lo cierto era
    que existía entre ellos un vínculo de comprensión más fuerte y más importante que el afecto o el partidismo.
    «Nos encontraremos en el lugar donde no hay oscuridad», le había dicho. Winston no sabía lo que podían
    significas estas palabras, pero sí sabía que se convertirían en realidad.
    La voz de la telepantalla se interrumpió. Sonó un claro y hermoso toque de trompeta y la voz prosiguió
    en tono chirriante:
    «Atención. ¡Vuestra atención, por favor! En este momento nos llega un notirrelámpago del frente malabar.
    Nuestras fuerzas han logrado una gloriosa victoria en el sur de la India. Estoy autorizado para decir que
    la batalla a que me refiero puede aproximarnos bastante al final de la guerra. He aquí el texto del notirrelámpago…
    »
    Malas noticias, pensó Winston. Ahora seguirá la descripción, con un repugnante realismo, del aniquilamiento
    de todo un ejército eurásico, con fantásticas cifras de muertos y prisioneros… para decirnos luego
    que, desde la semana próxima, reducirán la ración de chocolate a veinte gramos en vez de los treinta de
    ahora.
    Winston volvió a eructar. La ginebra perdía ya su fuerza y lo dejaba desanimado. La telepantàlla -no se
    sabe si para celebrar la victoria o para quitar el mal sabor del chocolate perdido- lanzó los acordes de
    Oceanía, todo para ti. Se suponía que todo el que escuchara el himno, aunque estuviera solo, tenía que escucharlo
    de pie. Sin embargo, Winston se aprovechó de que la telepantalla no lo veía y siguió sentado.
    Oceanía, todo para ti, terminó y empezó la música ligera. Winston se dirigió hacia la ventana, manteniéndose
    de espaldas a la pantalla. El día era todavía frío y claro. Allá lejos estalló una bombacohete con un
    sonido sordo y prolongado. Ahora solían caer en Londres unas veinte o treinta bombas a la semana.
    Abajo, en la calle, el viento seguía agitando el cartel donde la palabra Ingsoc aparecía y desaparecía. Ingsoc.
    Los principios sagrados de Ingsoc. Neolengua, doblepensar, mutabilidad del pasado. A Winston le
    parecía estar recorriendo las selvas submarinas, perdido en un mundo monstruoso cuyo monstruo era él
    mismo. Estaba solo. El pasado había muerto, el futuro era inimaginable. ¿Qué certidumbre podía tener él de
    que ni un solo ser humano estaba de su parte? Y ¿cómo iba a saber si el dominio del Partido no duraría
    siempre? Como respuesta, los tres slogans sobre la blanca fachada del Ministerio de la Verdad, le recordaron
    que:
    LA GUERRA ES LA PAZ
    LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
    LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
    Sacó de su bolsillo una moneda de veinticinco centavos. También en ella, en letras pequeñas, pero muy
    claras, aparecían las mismas frases y, en el reverso de la moneda, la cabe za del Gran Hermano. Los ojos de
    éste le perseguían a uno hasta desde las monedas. Sí, en las monedas, en los sellos de correo, en pancartas,
    en las envolturas de los paquetes de los cigarrillos, en las portadas de los libros, en todas partes. Siempre
    los ojos que os contemplaban y la voz que os envolvía. Despiertos o dormidos, trabajando o comiendo, en
    casa o en la calle, en el baño o en la cama, no había escape. Nada era del individuo a no ser unos cuantos
    centímetros cúbicos dentro de su cráneo.
    El sol había seguido su curso y las mil ventanas del Ministerio de la Verdad, en las que ya no reverberaba
    la luz, parecían los tétricos huecos de una fortaleza. Winston sintió angustia -ante aquella masa piramidal.
    Era demasiado fuerte para ser asaltada. Ni siquiera un millar de bombascohete podrían abatirla. Volvió a
    preguntarse para quién escribía el Diario. ¿Para el pasado, para el futuro, para una época imaginaria? Frente
    a él no veía la muerte, sino algo peor: el aniquilamiento absoluto. El Diario quedaría reducido a cenizas y a
    él lo vaporizarían. Sólo la Policía del Pensamiento leería lo que él hubiera escrito antes de hacer que esas
    líneas desaparecieran incluso de la memoria. ¿Cómo iba usted a apelar a la posteridad cuando ni una sola
    huella suya, ni siquiera una palabra garrapateada en un papel iba a sobrevivir físicamente?
    En la telepantalla sonaron las catorce. Winston tenía que marchar dentro de diez minutos. Debía reanudar
    el trabajo a las catorce y treinta. Qué curioso: las campanadas de la hora lo reanimaron. Era como un fantasma
    solitario diciendo una verdad que nadie oiría nunca. De todos modos, mientras Winston pronunciara
    esa verdad, la continuidad no se rompía. La herencia humana no se continuaba porque uno se hiciera oír
    sino por el hecho de permanecer cuerdo. Volvió a la mesa, mojó en tinta su pluma y escribió:
    Para el futuro o para el pasado, para la época en que se pueda pensar libremente, en que los hombres
    sean distintos unos de otros y no vivan solitarios… Para cuando la verdad exista y lo que se haya hecho no
    pueda ser deshecho:
    Desde esta época de uniformidad, de este tiempo de soledad, la Edad del Gran Hermano, la época del
    doblepensar… ¡muchas felicidades!
    Winston comprendía que ya estaba muerto. Le parecía que sólo ahora, en que empezaba a poder formular
    sus pensamientos, era cuando había dado el paso definitivo. Las consecuencias de cada acto van incluidas
    en el acto mismo. Escribió El crimental (el crimen de la mente) no implica la muerte; el crimental es la
    muerte misma. Al reconocerse ya a sí mismo muerto, se le hizo imprescindible vivir lo más posible. Tenía
    manchados de tinta dos dedos de la mano derecha. Era exactamente uno de esos detalles que le pueden delatar
    a uno. Cualquier entrometido del Ministerio (probablemente, una mujer: alguna como la del cabello
    color de arena o la muchacha morena del Departamento de Novela) podía preguntarse por qué habría usado
    una pluma anticuada y qué habría escrito… y luego dar el soplo a donde correspondiera. Fue al cuarto de
    baño y se frotó cuidadosamente la tinta con el oscuro y rasposo jabón que le limaba la piel como un papel
    de lija y resultaba por tanto muy eficaz para su propósito.
    Guardó el Diario en el cajón de la mesita. Era inútil pretender esconderlo; pero, por lo menos, podía saber
    si lo habían descubierto o no. Un cabello sujeto entre las páginas sería demasiado evidente. Por eso, con
    la yema de un dedo recogió una partícula de polvo de posible identificación y la depositó sobre una esquina
    de la tapa, de donde tendría que caerse si cogían el libro.
    III
    Winston estaba soñando con su madre. Él debía de tener unos diez u once asíos cuando su madre murió.
    Era una mujer alta, estatuaria y más bien silenciosa, de movimientos pausados y magnífico cabello rubio. A
    su padre lo recordaba, más vagamente, como un hombre moreno y delgado, vestido siempre con impecables
    trajes oscuros (Winston recordaba sobre todo las suelas extremadamente finas de los zapatos de su
    padre) y usaba gafas. Seguramente, tanto el padre como la madre debieron de haber caído en una de las
    primeras grandes purgas de los años cincuenta.
    En aquel momento -en el sueño- su madre estaba sentada en un sitio profundo junto a él y con su niña en
    brazos. De esta hermana sólo recordaba Winston que era una chiquilla débil e insignificante, siempre callada
    y con ojos grandes que se fijaban en todo. Se hallaban las dos en algún sitio subterráneo -por ejemplo, el
    fondo de un pozo o en una cueva muy honda-, pero era un lugar que, estando ya muy por debajo de él, se
    iba hundiendo sin cesar. Sí, era la cámara de un barco que se hundía y la madre y la hermana lo miraban a
    él desde la tenebrosidad de las aguas que invadían el buque. Aún había aire en la cámara. Su madre y su
    hermanita podían verlo todavía y él a ellas, pero no dejaban de irse hundiendo ni un solo instante, de ir cayendo
    en las aguas, de un verde muy oscuro, que de un momento a otro las ocultarían para siempre. Winston,
    en cambio, se encontraba al aire libre y a plena luz mientras a ellas se las iba tragando la muerte, y
    ellas se hundían porque él estaba allí arriba. Winston lo sabía y también ellas lo sabían y él descubría en las
    caras de ellas este conocimiento. Pero la expresión de las dos no le reprochaba nada ni sus corazones tampoco
    -él lo sabía- y sólo se transparentaba la convicción de que ellas morían para que él pudiera seguir viviendo
    allá arriba y que esto formaba parte del orden inevitable de las cosas.
    No podía recordar qué había ocurrido, pero mientras soñaba estaba seguro de que, de un modo u otro, las
    vidas de su madre y su hermana fueron sacrificadas para que él viviera. Era uno de esos ensueños que, a
    pesar de utilizar toda la escenografía onírica habitual, son una continuación de nuestra vida intelectual y en
    los que nos damos cuenta de hechos e ideas que siguen teniendo un valor después del despertar. Pero lo que
    de pronto sobresaltó a Winston, al pensar luego en lo que había soñado, fue que la muerte de su madre,
    ocurrida treinta años antes, había sido trágica y dolorosa de un modo que ya no era posible. Pensó que la
    tragedia pertenecía a los tiempos antiguos y que sólo podía concebirse en una época en que había aún intimidad
    -vida privada, amor y amistad- y en que los miembros de una familia permanecían juntos sin necesidad
    de tener una razón especial para ello. El recuerdo de su madre le torturaba porque había muerto amándole
    cuando él era demasiado joven y egoísta para devolverle ese cariño y porque de alguna manera -no
    recordaba cómo- se había sacrificado a un concepto de la lealtad que era privatísimo e inalterable. Bien
    comprendía Winston que esas cosas no podían suceder ahora. Lo que ahora había era miedo, odio y dolor
    físico, pero no emociones dignas ni penas profundas y complejas. Todo esto lo había visto, soñando, en los
    ojos de su madre y su hermanita, que lo miraban a él a través de las aguas verdeoscuras, a una inmensa
    profundidad y sin dejar de hundirse.
    De pronto, se vio de pie sobre el césped en una tarde de verano en que los rayos oblicuos del sol doraban
    la corta hierba. El paisaje que se le aparecía ahora se le presentaba con tanta frecuencia en sueños que nunca
    estaba completamente seguro de si lo había visto alguna vez en la vida real. Cuando estaba despierto, lo
    llamaba el País Dorado. Lo cubrían pastos mordidos por los conejos con un sendero que serpenteaba por él
    y, aquí y allá, unas pequeñísimas elevaciones del terreno. Al fondo, se veían unos olmos que se balanceaban
    suavemente con la brisa y sus follajes parecían cabelleras de mujer. Cerca, aunque fuera de la vista,
    corría un claro arroyuelo de lento fluir.
    La muchacha morena venía hacia él por aquel campo. Con un solo movimiento se despojó de sus ropas y
    las arrojó despectivamente a un lado. Su cuerpo era blanco y suave, pero no despertaba deseo en Winston,
    que se limitaba a contemplarlo. Lo que le llenaba de entusiasmo en aquel momento era el gesto con que la
    joven se había librado de sus ropas. Con la gracia y el descuido de aquel gesto, parecía estar aniquilando
    toda su cultura, todo un sistema de pensamiento, como si el Gran Hermano, el Partido y la Policía del Pen-
    samiento pudieran ser barridos y enviados a la Nada con un simple movimiento del brazo. También aquel
    gesto pertenecía a los tiempos antiguos. Winston se despertó con la palabra «Shakespeare» en los labios.
    La telepantalla emitía en aquel instante un prolongado silbido que partía el tímpano y que continuaba en
    la misma nota treinta segundos. Eran las cero-siete-quince, la hora de levantarse para los oficinistas. Winston
    se echó abajo de la cama -desnudo porque los miembros del Partido Exterior recibían sólo tres mil cupones
    para vestimenta durante el año y un pijama necesitaba seiscientos cupones- y se puso un sucio singlet
    y unos shorts que estaban sobre una silla. Dentro de tres minutos empezarían las Sacudidas Físicas. Inmediatamente
    le entró el ataque de tos habitual en él en cuanto se despertaba. Vació tanto sus pulmones
    que, para volver a respirar, tuvo que tenderse de espaldas abriendo y cerrando la boca repetidas veces y en
    rápida sucesión. Con el esfuerzo de la tos se le hinchaban las venas y sus várices le habían empezado a escocer.
    -¡Grupo de treinta a cuarenta! -ladró una penetrante voz de mujer-. ¡Grupo de treinta a cuarenta! Ocupad
    vuestros sitios, por favor.
    Winston se colocó de un salto a la vista de la telepantalla, en la cual había aparecido ya la imagen de una
    mujer más bien joven, musculosa y de facciones duras, vestida con una túnica y calzando sandalias de gimnasia.
    -¡Doblad y extended los brazos! -gritó-. ¡Contad a la vez que yo! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Uno, dos, tres,
    cuatro! ¡Vamos, camaradas, un poco de vida en lo que hacéis! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Uno, dos, tres, cuatro!…
    La intensa molestia de su ataque de tos no había logrado desvanecer en Winston la impresión que le
    había dejado el ensueño y los movimientos rítmicos de la gimnasia contribuían a conservarle aquel recuerdo.
    Mientras doblaba y desplegaba mecánicamente los brazos -sin perder ni por un instante la expresión de
    contento que se consideraba apropiada durante las Sacudidas Físicas-, se esforzaba por resucitar el confuso
    período de su primera infancia. Pero le resultaba extraordinariamente difícil. Más allá de los años cincuenta
    y tantos -al final de la década- todo se desvanecía. Sin datos externos de ninguna clase a que referirse era
    imposible reconstruir ni siquiera el esquema de la propia vida. Se recordaban los acontecimientos de enormes
    proporciones -que muy bien podían no haber acaecido-, se recordaban también detalles sueltos de
    hechos sucedidos en la infancia, de cada uno, pero sin poder captar la atmósfera. Y había extensos períodos
    en blanco donde no se podía colocar absolutamente nada. Entonces todo había sido diferente. Incluso los
    nombres de los países y sus formas en el mapa. La Franja Aérea número l, por ejemplo, no se llamaba así
    en aquellos días: la llamaban Inglaterra o Bretaña, aunque Londres -Winston estaba casi seguro de ello- se
    había llamado siempre Londres.
    No podía recordar claramente una época en que su país no hubiera estado en guerra, pero era evidente
    que había un intervalo de paz bastante la

  • George Orwell
    1984

    Parte primera
    I
    Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Winston Smith, con la barbilla clavada
    en el pecho en su esfuerzo por burlar el molestísimo viento, se deslizó rápidamente por entre las puertas de
    cristal de las Casas de la Victoria, aunque no con la suficiente rapidez para evitar que una ráfaga polvorienta
    se colara con él.
    El vestíbulo olía a legumbres cocidas y a esteras viejas. Al fondo, un cartel de colores, demasiado grande
    para hallarse en un interior, estaba pegado a la pared. Representaba sólo un enorme rostro de más de un
    metro de anchura: la cara de un hombre de unos cuarenta y cinco años con un gran bigote negro y facciones
    hermosas y endurecidas. Winston se dirigió hacia las escaleras. Era inútil intentar subir en el ascensor. No
    funcionaba con frecuencia y en esta época la corriente se cortaba durante las horas de día. Esto era parte de
    las restricciones con que se preparaba la Semana del Odio. Winston tenía que subir a un séptimo piso. Con
    sus treinta y nueve años y una úlcera de várices por encima del tobillo derecho, subió lentamente, descansando
    varias veces. En cada descansillo, frente a la puerta del ascensor, el cartelón del enorme rostro miraba
    desde el muro. Era uno de esos dibujos realizados de tal manera que los ojos le siguen a uno adondequiera
    que esté. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las palabras al pie.
    Dentro del piso una voz llena leía una lista de números que tenían algo que ver con la producción de lingotes
    de hierro. La voz salía de una placa oblonga de metal, una especie de espejo empañado, que formaba
    parte de la superficie de la pared situada a la derecha. Winston hizo funcionar su regulador y la voz disminuyó
    de volumen aunque las palabras seguían distinguiéndose. El instrumento (llamado telepantalla) podía
    ser amortiguado, pero no había manera de cerrarlo del todo. Winston fue hacia la ventana: una figura pequeña
    y frágil cuya delgadez resultaba realzada por el «mono» azul, uniforme del Partido. Tenía el cabello
    muy rubio, una cara sanguínea y la piel embastecida por un jabón malo, las romas hojas de afeitar y el frío
    de un invierno que acababa de terminar.
    Afuera, incluso a través de los ventanales cerrados, el mundo parecía frío. Calle abajo se formaban pequeños
    torbellinos de viento y polvo; los papeles rotos subían en espirales y, aunque el sol lucía y el cielo
    estaba intensamente azul, nada parecía tener color a no ser los carteles pegados por todas partes. La cara de
    los bigotes negros miraba desde todas las esquinas que dominaban la circulación. En la casa de enfrente
    había uno de estos cartelones. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las grandes letras, mientras los
    sombríos ojos miraban fijamente a los de Winston. En la calle, en línea vertical con aquél, había otro cartel
    roto por un pico, que flameaba espasmódicamente azotado por el viento, descubriendo y cubriendo alternativamente
    una sola palabra: INGSOC. A lo lejos, un autogiro pasaba entre los tejados, se quedaba un instante
    colgado en el aire y luego se lanzaba otra vez en un vuelo curvo. Era de la patrulla de policía encargada
    de vigilar a la gente a través de los balcones y ventanas. Sin embargo, las patrullas eran lo de menos. Lo
    que importaba verdaderamente era la Polilla del Pensamiento.
    A la espalda de Winston, la voz de la telepantalla seguía murmurando datos sobre el hierro y el cumplimiento
    del noveno Plan Trienal. La telepantalla recibía y transmitía simultáneamente. Cualquier sonido que
    hiciera Winston superior a un susurro, era captado por el aparato. Además, mientras permaneciera dentro
    del radio de visión de la placa de metal, podía ser visto a la vez que oído. Por supuesto, no había manera de
    saber si le contemplaban a uno en un momento dado. Lo único posible era figurarse la frecuencia y el plan
    que empleaba la Policía del Pensamiento para controlar un hilo privado. Incluso se concebía que los vigilaran
    a todos a la vez. Pero, desde luego, podían intervenir su línea de usted cada vez que se les antojara. Tenía
    usted que vivir -y en esto el hábito se convertía en un instinto- con la seguridad de que cualquier sonido
    emitido por usted sería registrado y escuchado por alguien y que, excepto en la oscuridad, todos sus movimientos
    serían observados.
    Winston se mantuvo de espaldas a la telepantalla. Así era más seguro; aunque, como él sabía muy bien,
    incluso una espalda podía ser reveladora. A un kilómetro de distancia, el Ministerio de la Verdad, donde
    trabajaba Winston; se elevaba inmenso y blanco sobre el sombrío paisaje. «Esto es Londres», pensó con
    una sensación vaga de disgusto; Londres, principal ciudad de la Franja aérea 1, que era a su vez la tercera
    de las provincias más pobladas de Oceanía. Trató de exprimirse de la memoria algún recuerdo infantil que
    le dijera si Londres había sido siempre así. ¿Hubo siempre estas vistas de decrépitas casas decimonónicas,
    con los costados revestidos de madera, las ventanas tapadas con cartón, los techos remendados con planchas
    de cinc acanalado y trozos sueltos de tapias de antiguos jardines? ¿Y los lugares bombardeados, cuyos
    restos de yeso y cemento revoloteaban pulverizados en el aire, y el césped amontonado, y los lugares donde
    las bombas habían abierto claros de mayor extensión y habían surgido en ellos sórdidas colonias de chozas
    de madera que parecían gallineros? Pero era inútil, no podía recordar: nada le quedaba de su infancia excepto
    una serie de cuadros brillantemente iluminados y sin fondo, que en su mayoría le resultaban ininteligibles.
    El Ministerio de la Verdad -que en neolengua1 se le llamaba el Miniver- era diferente, hasta un extremo
    asombroso, de cualquier otro objeto que se presentara a la vista. Era una enorme estructura piramidal de
    cemento armado blanco y reluciente, que se elevaba, terraza tras terraza, a unos trescientos metros de altura.
    Desde donde Winston se hallaba, podían leerse, adheridas sobre su blanca fachada en letras de elegante
    forma, las tres consignas del Partido:
    LA GUERRA ES LA PAZ
    LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
    LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
    Se decía que el Ministerio de la Verdad tenía tres mil habitaciones sobre el nivel del suelo y las correspondientes
    ramificaciones en el subsuelo. En Londres sólo había otros tres edificios del mismo aspecto y
    tamaño. Éstos aplastaban de tal manera la arquitectura de los alrededores que desde el techo de las Casas de
    la Victoria se podían distinguir, a la vez, los cuatro edificios. En ellos estaban instalados los cuatro Ministerios
    entre los cuales se dividía todo el sistema gubernamental. El Ministerio de la Verdad, que se dedicaba a
    las noticias, a los espectáculos, la educación y las bellas artes. El Ministerio de la Paz, para los asuntos de
    guerra. El Ministerio del Amor, encargado de mantener la ley y el orden. Y el Ministerio de la Abundancia,
    al que correspondían los asuntos económicos. Sus nombres, en neolengua: Miniser, Minipax, Minimor y
    Minindancia.
    El Ministerio del Amor era terrorífico. No tenía ventanas en absoluto. Winston nunca había estado dentro
    del Minimor, ni siquiera se había acercado a medio kilómetro de él. Era imposible entrar allí a no ser por un
    asunto oficial y en ese caso había que pasar por un laberinto de caminos rodeados de alambre espinoso,
    puertas de acero y ocultos nidos de ametralladoras. Incluso las calles que conducían a sus salidas extremas,
    estaban muy vigiladas por guardias, con caras de gorila y uniformes negros, armados con porras.
    Winston se volvió de pronto. Había adquirido su rostro instantáneamente la expresión de tranquilo optimismo
    que era prudente llevar al enfrentarse con la telepantalla. Cruzó la habitación hacia la diminuta cocina.
    Por haber salido del Ministerio a esta hora tuvo que renunciar a almorzar en la cantina y en seguida
    comprobó que no le quedaban víveres en la cocina a no ser un mendrugo de pan muy oscuro que debía
    guardar para el desayuno del día siguiente. Tomó de un estante una botella de un líquido incoloro con una
    sencilla etiqueta que decía: Ginebra de la Victoria. Aquello olía a medicina, algo así como el espíritu de
    arroz chino. Winston se sirvió una tacita, se preparó los nervios para el choque, y se lo tragó de un golpe
    como si se lo hubieran recetado.
    Al momento, se le volvió roja la cara y los ojos empezaron a llorarle. Este líquido era como ácido nítrico;
    además, al tragarlo, se tenía la misma sensación que si le dieran a uno un golpe en la nuca con una porra de
    goma. Sin embargo, unos segundos después, desaparecía la incandescencia del vientre y el mundo empezaba
    a resultar más alegre. Winston sacó un cigarrillo de una cajetilla sobre la cual se leía: Cigarrillos de la
    1 La neoleugua era el idioma oficial de Oceanía.
    Victoria, y como lo tenía cogido verticalmente por distracción, se le vació en el suelo. Con el próximo pitillo
    tuvo ya cuidado y el tabaco no se salió. Volvió al cuarto de estar y se sentó ante una mesita situada a la
    izquierda de la telepantalla. Del cajón sacó un portaplumas, un tintero y un grueso libro en blanco de tamaño
    in-quarto, con el lomo rojo y cuyas tapas de cartón imitaban el mármol.
    Por alguna razón la telepantalla del cuarto de estar se encontraba en una posición insólita. En vez de
    hallarse colocada, como era normal, en la pared del fondo, desde donde podría dominar toda la habitación,
    estaba en la pared más larga, frente a la ventana. A un lado de ella había una alcoba que apenas tenía fondo,
    en la que se había instalado ahora Winston. Era un hueco que, al ser construido el edificio, habría sido calculado
    seguramente para alacena o biblioteca. Sentado en aquel hueco y situándose lo más dentro posible,
    Winston podía mantenerse fuera del alcance de la telepantalla en cuanto a la visualidad, ya que no podía
    evitar que oyera sus ruidos. En parte, fue la misma distribución insólita del cuarto lo que le indujo a lo que
    ahora se disponía a hacer.
    Pero también se lo había sugerido el libro que acababa de sacar del cajón. Era un libro excepcionalmente
    bello. Su papel, suave y cremoso, un poco amarillento por el paso del tiempo, por lo menos hacía cuarenta
    años que no se fabricaba. Sin embargo, Winston suponía que el libro tenía muchos años más. Lo había visto
    en el escaparate de un establecimiento de compraventa en un barrio miserable de la ciudad (no recordaba
    exactamente en qué barrio había sido) y en el mismísimo instante en que lo vio, sintió un irreprimible deseo
    de poseerlo. Los miembros del Partido no deben entrar en las tiendas corrientes (a esto se le llamaba, en
    tono de severa censura, «traficar en el mercado libre»), pero no se acataba rigurosamente esta prohibición
    porque había varios objetos -como cordones para los zapatos y hojas de afeitar- que era imposible adquirir
    de otra manera. Winston, antes de entrar en la tienda, había mirado en ambas direcciones de la calle para
    asegurarse de que no venía nadie y, en pocos minutos, adquirió el libro por dos dólares cincuenta. En aquel
    momento no sabía exactamente para qué deseaba el libro. Sintiéndose culpable se lo había llevado a su casa,
    guardado en su cartera de mano. Aunque estuviera en blanco, era comprometido guardar aquel libro.
    Lo que ahora se disponía Winston a hacer era abrir su Diario. Esto no se consideraba ilegal (en realidad,
    nada era ilegal, ya que no existían leyes), pero si lo detenían podía es tar seguro de que lo condenarían a
    muerte, o por lo menos a veinticinco años de trabajos forzados. Winston puso un plumín en el portaplumas
    y lo chupó primero para quitarle la grasa. La pluma era ya un instrumento arcaico. Se usaba rarísimas veces,
    ni siquiera para firmar, pero él se había procurado una, furtivamente y con mucha dificultad, simplemente
    porque tenía la sensación de que el bello papel cremoso merecía una pluma de verdad en vez de ser
    rascado con un lápiz tinta. Pero lo malo era que no estaba acostumbrado a escribir a mano. Aparte de las
    notas muy breves, lo corriente era dictárselo todo al hablescribe, totalmente inadecuado para las circunstancias
    actuales. Mojó la pluma en la tinta y luego dudó unos instantes. En los intestinos se le había producido
    un ruido que podía delatarle. El acto trascendental, decisivo, era marcar el papel. En una letra pequeña
    e inhábil escribió:
    4 de abril de 1984
    Se echó hacia atrás en la silla. Estaba absolutamente desconcertado. Lo primero que no sabía con certeza
    era si aquel era, de verdad, el año 1984. Desde luego, la fecha había de ser aquélla muy aproximadamente,
    puesto que él había nacido en 1944 o 1945, según creía; pero, «¡cualquiera va a saber hoy en qué año vive!
    », se decía Winston.
    Y se le ocurrió de pronto preguntarse: ¿Para quiét estaba escribiendo él este diario? Para el futuro, para
    los que aún no habían nacido. Su mente se posó durante unos momentos en la fecha que había escrito a la
    cabecera y luego se le presentó, sobresaltándose terriblemente, la palabra neolingüística doblepensar. Por
    primera vez comprendió la magnitud de lo que se proponía hacer. ¿Cómo iba a comunicar con el futuro?
    Esto era imposible por su misma naturaleza. Una de dos: o el futuro se parecía al presente y entonces no le
    haría ningún caso, o sería una cosa distinta y, en tal caso, lo que él dijera carecería de todo sentido para ese
    futuro.
    Durante algún tiempo permaneció contemplando estúpidamente el papel. La telepantalla transmitía ahora
    estridente música militar. Es curioso: Winston no sólo parecía haber perdido la facultad de expresarse, sino
    haber olvidado de qué iba a ocuparse. Por espacio de varias semanas se había estado preparando para este
    momento y no se le había ocurrido pensar que para realizar esa tarea se necesitara algo más que atrevimiento.
    El hecho mismo de expresarse por escrito, creía él, le sería muy fácil.-Sólo tenía que trasladar al papel el
    interminable e inquieto monólogo que desde hacía muchos años venía corriéndole por la cabeza. Sin embargo,
    en este momento hasta el monólogo se le había secado. Además, sus varices habían empezado a es-
    cocerle insoportablemente. No se atrevía a rascarse porque siempre que lo hacía se le inflamaba aquello.
    Transcurrían los segundos y él sólo tenía conciencia de la blancura del papel ante sus ojos, el absoluto vacío
    de esta blancura, el escozor de la piel sobre el tobillo, el estruendo de la músicä militar, y una leve sensación
    de atontamiento producido por la ginebra.
    De repente, empezó a escribir con gran rapidez, como si lo impulsara el pánico, dándose apenas cuenta
    de lo que escribía. Con su letrita infantil iba trazando líneas torcidas y si primero empezó a «comerse» las
    mayúsculas, luego suprimió incluso los puntos:
    4 de abril de 1984. Anoche estuve en los flicks. Todas las películas eran de guerra. Había una muy buena
    de un barco lleno de refugiados que lo bombardeaban en no sé dónde del Mediterráneo. Al público le
    divirtieron mucho dar planos de un hombre muy grande y muy gordo que intentaba escaparse nadando de
    un helicóptero que lo perseguía, Primero se le veía en el agua chapoteando como una tortuga, luego lo
    veías por lar visores de las ametralladoras del helicóptero, luego se veía cómo lo iban agujereando a tiros
    y el agua a su alrededor que se ponía toda roja y el gordo se hundía como si el agua le entrase por los
    agujeros que le habían hecho las balas. La gente se moría de risa cuando el gordo se iba hundiendo en el
    agua, y también una lancha salvavidas llena de niños con un helicóptero que venga a darle vueltas y más
    vueltas había una mujer de edad madura que bien podía ser una judía y estaba sentada en la proa con un
    niño en lar brazos que quizás tuviera unos tres años. El niño chillaba con mucho pánico, metía la cabeza
    entre los pechos de la mujer y parecía que se quería esconder así y la mujer lo rodeaba con los brazos y lo
    consolaba como si ella no estuviese también aterrada y como si por tenerlo así en los brazos fuera a evitar
    que le alcanzaran al niño las balas. Entonces va el helicóptero y tira una bomba de veinte kilos sobre el
    bote y no queda ni una astilla de él, que fue una explosión pero que magnífica, y luego salía un primer
    plano maravilloso del brazo del niño subiendo por el aire yo creo que un helicóptero con su cámara debe
    haberlo seguido así por el aire y la gente aplaudió muchísimo pero una mujer que estaba entre los proletarios
    empezó a armar un escándalo terrible chillandoo que no debían echar eso no debían echarlo delante
    de los críos que no debían hasta que la policía la sacó de allí a rastras no creo que le pasara nada a
    nadie le importa lo que dicen los proletarios porque dicen es la reacción típica de las proletarias y nadie
    hace caso y nunca…
    Winston dejó de escribir, en parte debido a que le daban calambres. No sabía por qué había soltado esta
    sarta de incongruencias. Pero lo curioso era que mientras lo hacía se le había aclarado otra faceta de su
    memoria hasta el punto de que ya se creía en condiciones de escribir lo que realmente había querido poner
    en su libro. Ahora se daba cuenta de que si había querido venir a casa a empezar su diario precisamente hoy
    era a causa de este otro incidente.
    Había ocurrido aquella misma mañana en el Ministerio, si es que algo de tal vaguedad podía haber ocurrido.
    Cerca de las once y ciento en el Departamento de Registro, donde trabajaba Winston, sacaban las sillas
    de las cabinas y las agrupaban en el centro del vestíbulo, frente a la gran telepantalla, preparándose para los
    Dos Minutos de Odio. Winston acababa de sentarse en su sitio, en una de las filas de en medio, cuando
    entraron dos personas a quienes él conocía de vista, pero a las cuales nunca había hablado. Una de estas
    personas era una muchacha con la que se había encontrado frecuentemente en los pasillos. No sabía su
    nombre, pero sí que trabajaba en el Departamento de Novela. Probablemente -ya que la había visto algunas
    veces con las manos grasientas y llevando paquetes de composición de imprenta- tendría alguna labor mecánica
    en una de las máquinas de escribir novelas. Era una joven de aspecto audaz, de unos veintisiete años,
    con espeso cabello negro, cara pecosa y movimientos rápidos y atléticos. Llevaba el «mono» ceñido por
    una estrecha faja roja que le daba varias veces la vuelta a la cintura realzando así la atractiva forma de sus
    caderas; y ese cinturón era el emblema de la Liga juvenil AntiSex. A Winston le produjo una sensación
    desagradable desde el primer momento en que la vio. Y sabía la razón de este mal efecto: la atmósfera de
    los campos de hockey y duchas frías, de excursiones colectivas y el aire general de higiene mental que trascendía
    de ella. En realidad, a Winston le molestaban casi todas las mujeres y especialmente las jóvenes y
    bonitas porque eran siempre las mujeres, y sobre todo las jóvenes, lo más fanático del Partido, las que se
    tragaban todos los slogans de propaganda y abundaban entre ellas las espías aficionadas y las que mostraban
    demasiada curiosidad por lo heterodoxo de los demás. Pero esta muchacha determinada le había dado
    la impresión de ser más peligrosa que la mayoría. Una vez que se cruzaron en el corredor, la joven le dirigió
    una rápida mirada oblicua que por unos momentos dejó aterrado a Winston. Incluso se le había ocurrido
    que podía ser una agente de la Policía del Pensamiento. No era, desde luego, muy probable. Sin embargo,
    Winston siguió sintiendo una intranquilidad muy especial cada vez que la muchacha se hallaba cerca de él,
    una mezcla de miedo y hostilidad. La otra persona era un hombre llamado O’Brien, miembro del Partido
    Interior y titular de un cargo tan remoto e importante, que Winston tenía una idea muy confusa de qué se
    trataba. Un rápido murmullo pasó por el grupo ya instalado en las sillas cuando vieron acercarse el «mono»
    negro de un miembro del Partido Interior. O’Brien era un hombre corpulento con un ancho cuello y un rostro
    basto, brutal, y sin embargo rebosante de buen humor. A pesar de su formidable aspecto, sus modales
    eran bastante agradables. Solía ajustarse las gafas con un gesto que tranquilizaba a sus interlocutores, un
    gesto que tenía algo de civilizado, y esto era sorprendente tratándose de algo tan leve. Ese gesto -si alguien
    hubiera sido capaz de pensar así todavía- podía haber recordado a un aristócrata del siglo XVIII ofreciendo
    rapé en su cajita. Winston había visto a O’Brien quizás sólo una docena de veces en otros tantos años. Sentíase
    fuertemente atraído por él y no sólo porque le intrigaba el contraste entre los delicados modales de
    O’Brien y su aspecto de campeón de lucha libre, sino mucho más por una convicción secreta -o quizás ni
    siquiera fuera una convicción, sino sólo una esperanza- de que la ortodoxia política de O’Brien no era perfecta.
    Algo había en su cara que le impulsaba a uno a sospecharlo irresistiblemente. Y quizás no fuera ni
    siquiera heterodoxia lo que estaba escrito en su rostro, sino, sencillamente, inteligencia. Pero de todos modos
    su aspecto era el de una persona a la que se le podría hablar si, de algún modo, se pudiera eludir la telepantalla
    y llevarlo aparte. Winston no había hecho nunca el menor esfuerzo para comprobar su sospecha y
    es que, en verdad, no había manera de hacerlo. En este momento, O’Brien miró su reloj de pulsera y, al ver
    que eran las once y ciento, seguramente decidió quedarse en el Departamento de Registro hasta que pasaran
    los Dos Minutos de Odio. Tomó asiento en la misma fila que Winston, separado de él por dos sillas., Una
    mujer bajita y de cabello color arena, que trabajaba en la cabina vecina a la de Winston, se instaló entre
    ellos. La muchacha del cabello negro se sentó detrás de Winston.
    Un momento después se oyó un espantoso chirrido, como de una monstruosa máquina sin engrasar, ruido
    que procedía de la gran telepantalla situada al fondo de la habitación. Era un ruido que le hacía rechinar a
    uno los dientes y que ponía los pelos de punta. Había empezado el Odio.
    Como de costumbre, apareció en la pantalla el rostro de Emmanuel Goldstein, el Enemigo del Pueblo.
    Del público salieron aquí y allá fuertes silbidos. La mujeruca del pelo arenoso dio un chillido mezcla de
    miedo y asco. Goldstein era el renegado que desde hacía mucho tiempo (nadie podía recordar cuánto) había
    sido una de las figuras principales del Partido, casi con la-misma importancia que el Gran Hermano, y luego
    se había dedicado a actividades contrarrevolucionarias, había sido condenado a muerte y se había escapado
    misteriosamente, desapareciendo para siempre. Los programas de los Dos Minutos de Odio variaban
    cada día, pero en ninguno de ellos dejaba de ser Goldstein el protagonista. Era el traidor por excelencia, el
    que antes y más que nadie había manchado la pureza del Partido. Todos los subsiguientes crímenes contra
    el Partido, todos los actos de sabotaje, herejías, desviaciones y traiciones de toda clase procedían- directamente
    de sus enseñanzas. En cierto modo, seguía vivo y conspirando. Quizás se encontrara en algún lugar
    enemigo, a sueldo de sus amos extranjeros, e incluso era posible que, como se rumoreaba alguna vez, estuviera
    escondido en algún sitio de la propia Oceanía.
    El diafragma de Winston se encogió. Nunca podía ver la cara de Goldstein sin experimentar una penosa
    mezcla de emociones. Era un rostro judío, delgado, con una aureola de pelo blanco y una barbita de chivo:
    una cara inteligente que tenía, sin embargo, algo de despreciable y una especie de tontería senil que le prestaba
    su larga nariz, a cuyo extremo se sostenían en difícil equilibrio unas gafas. Parecía el rostro de una
    oveja y su misma voz tenía algo de ovejuna. Goldstein pronunciaba su habitual discurso en el que atacaba
    venenosamente las doctrinas del Partido; un ataque tan exagerado y perverso que hasta un niño podía darse
    cuenta de que sus acusaciones no se tenían de pie, y sin embargo, lo bastante plausible para que pudiera
    uno alarmarse y no fueran a dejarse influir por insidias algunas personas ignorantes. Insultaba al Gran
    Hermano, acusaba al Partido de ejercer una dictadura y pedía que se firmara inmediatamente la paz con
    Eurasia. Abogaba por la libertad de palabra, la libertad de Prensa, la libertad de reunión y la libertad de
    pensamiento, gritando histéricamente que la revolución había sido traicionada. Y todo esto a una rapidez
    asombrosa que era una especie de parodia del estilo habitual de los oradores del Partido e incluso utilizando
    palabras de neolengua, quizás con más palabras neolingüísticas de las que solían emplear los miembros del
    Partido en la vida corriente. Y mientras gritaba, por detrás de él desfilaban interminables columnas del
    ejército de Enrasia, para que nadie interpretase como simple palabrería la oculta maldad de las frases de
    Goldstein. Aparecían en la pantalla filas y más filas de forzudos soldados, con impasibles rostros asiáticos;
    se acercaban a primer término y desaparecían. El sordo y rítmico clap-clap de las botas militares formaba el
    contrapunto de la hiriente voz de Goldstein. .
    Antes de que el Odio hubiera durado treinta segundos, la mitad de los espectadores lanzaban incontenibles
    exclamaciones de rabia. La satisfecha y ovejuna faz del enemigo y el terrorífico poder del ejército que
    desfilaba a sus espaldas, pera demasiado para que nadie pudiera resistirlo indiferente. Además, sólo con ver
    a Goldstein o pensar en él surgían el miedo y la ira automáticamente. Era él un objeto de odio más constante
    que Eurasia o que Asia Oriental, ya que cuando Oceanía estaba en guerra con alguna de estas potencias,
    solía hallarse en paz con la otra. Pero lo extraño era que, a pesar de ser Goldstein el blanco de todos los
    odios y de que todos lo despreciaran, a pesar de que apenas pasaba día y cada día ocurría esto mil veces-
    sin que sus teorías fueran refutadas, aplastadas, ridiculizadas, en la telepantalla, en las tribunas públicas, en
    los periódicos y en los libros… a pesar de todo ello, su influencia no parecía disminuir. Siempre había nuevos
    incautos dispuestos a dejarse engañar por él. No pasaba ni un solo día sin que espías y saboteadores que
    trabajaban siguiendo sus instrucciones fueran atrapados por la Policía del Pensamiento. Era el jefe supremo
    de un inmenso ejército que actuaba en la sombra, una subterránea red de conspiradores que se proponían
    derribar al Estado. Se suponía que esa organización se llamaba la Hermandad. Y también se rumoreaba que
    existía un libro terrible, compendio de todas las herejías, del cual era autor Goldstein y que circulaba clandestinamente.
    Era un libro sin título. La gente se refería a él llamándole sencillamente el libro. Pero de estas
    cosas sólo era posible enterarse por vagos rumores. Los miembros corrientes del Partido no hablaban jamás
    de la Hermandad ni del libro si tenían manera de evitarlo.
    En su segundo minuto, el odio llegó al frenesí. Los espectadores saltaban y gritaban enfurecidos tratando
    de apagar con sus gritos la perforante voz que salía de la pantalla. La mujer del cabello color arena se había
    puesto al rojo vivo y abría y cerraba la boca como un pez al que acaban de dejar en tierra. Incluso O’ßrien
    tenía la cara congestionada. Estaba sentado muy rígido y respiraba con su poderoso pecho como si estuviera
    resistiendo la presión de una gigantesca ola. La joven sentada exactamente detrás de Winston, aquella
    morena, había empezado a gritar: «¡Cerdo! !Cerdo! ¡Cerdo!», y, de pronto, cogiendo un pesado diccionario
    de neolengua, lo arrojó a la pantalla. El diccionario le dio a Goldstein en la nariz y rebotó. Pero la voz continuó
    inexorable. En un momento de lucidez descubrió Winston que estaba chillando histéricamente como
    los demás y dando fuertes patadas con los talones contra los palos de su propia silla. Lo horrible de los Dos
    Minutos de Odio no era el que cada uno tuviera que desempeñar allí un papel sino, al contrario, que era
    absolutamente imposible evitar la participación porque era uno arrastrado irremisiblemente. A los treinta
    segundos no hacía falta fingir. Un éxtasis de miedo y venganza, un deseo de matar, de torturar, de aplastar
    rostros con un martillo, parecían recorrer a todos los presentes como una corriente eléctrica convirtiéndole
    a uno, incluso contra su voluntad, en un loco gesticulador y vociferante. Y sin embargo, la rabia que se
    sentía era una emoción abstracta e indirecta que podía aplicarse a uno u otro objeto como la llama de una
    lámpara de soldadura autógena. Así, en un momento determinado, el odio de Winston no se dirigía contra
    Goldstein, sino contra el propio Gran Hermano, contra el Partido y contra la Policía del Pensamiento; y
    entonces su corazón estaba de parte del solitario e insultado hereje de la pantalla, único guardián de la verdad
    y la cordura en un mundo de mentiras. Pero al instante siguiente, se hallaba identificado por completo
    con la gente que le rodeaba y le parecía verdad todo lo que decían de Goldstein. Entonces, su odio contra el
    Gran Hermano se transformaba en adoración, y el Gran Hermano se elevaba como una invencible torre,
    como una valiente roca capaz de resistir los ataques de las hordas asiáticas, y Goldstein, a pesar de su aislamiento,
    de su desamparo y de la duda que flotaba sobre su existencia misma, aparecía como un siniestro
    brujo capaz de acabar con la civilización entera tan sólo con el poder de su voz.
    Incluso era posible, en ciertos momentos, desviar el odio en una u otra dirección mediante un esfuerzo de
    voluntad. De pronto, por un esfuerzo semejante al que nos permite se parar de la almohada la cabeza para
    huir de una pesadilla, Winston conseguía trasladar su odio a la muchacha que se encontraba detrás de él.
    Por su mente pasaban, como ráfagas, bellas y deslumbrantes alucinaciones. Le daría latigazos con una porra
    de goma hasta matarla. La ataría desnuda en un piquete y la atravesaría con flechas como a san Sebastián.
    La violaría y en el momento del clímax le cortaría la garganta. Sin embargo, se dio cuenta mejor que
    antes de por qué la odiaba. La odiaba porque era joven y bonita y asexuada; porque quería irse a la cama
    con ella y no lo haría nunca; porque alrededor de su dulce y cimbreante cintura, que parecía pedir que la
    rodearan con el brazo, no había más que la odiosa banda roja, agresivo símbolo de castidad.
    El odio alcanzó su punto de máxima exaltación. La voz de Goldstein se había convertido en un auténtico
    balido ovejuno. Y su rostro, que había llegado a ser el de una oveja, se transformó en la cara de un soldado
    de Eurasia, el cual parecía avanzar, enorme y terrible, sobre los espectadores disparando atronadoramente
    su fusil ametralladora. Enteramente parecía salirse de la pantalla, hasta tal punto que muchos de los presentes
    se echaban hacia atrás en sus asientos. Pero en el mismo instante, produciendo con ello un hondo suspiro
    de alivio en todos, la amenazadora figura se fundía para que surgiera en su lugar el rostro del Gran Hermano,
    con su negra cabellera y sus grandes bigotes negros, un rostro rebosante de poder y de misteriosa
    calma y tan grande que llenaba casi la pantalla. Nadie oía lo que el gran camarada éstaba diciendo. Eran
    sólo unas cuantas palabras para animarlos, esas palabras que suelen decirse a las tropas en cualquier batalla,
    y que no es preciso entenderlas una por una, sino que infunden confianza por el simple hecho de ser pronunciadas.
    Entonces, desapareció a su vez la monumental cara del Gran Hermano y en su lugar aparecieron
    los tres slogans del Partido en grandes letras:
    LA GUERRA ES LA PAZ
    LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
    LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
    Pero daba la impresión -por un fenómeno óptico psicológico- de que el rostro del Gran Hermano persistía
    en la pantalla durante algunos segundos, como si el «impacto» que había producido en las retinas de los
    espectadores fuera demasiado intenso para borrarse inmediatamente. La mujeruca del cabello color arena se
    lanzó hacia delante, agarrándose a la silla de la fila anterior y luego, con un trémulo murmullo que sonaba
    algo así como.«¡Mi salvador!», extendió los brazos hacia la pantalla. Después ocultó la cara entre sus manos.
    Sin duda, estaba rezando a su manera.
    Entonces, todo el grupo prorrumpió en un canto rítmico, lento y profundo: «!Ge-Hache. Ge-Hache… Ge-
    Hache!», dejando una gran pausa entre la G y la H. Era un canto monótono y salvaje en cuyo fondo parecían
    oírse pisadas de pies desnudos y el batir de los tan-tam. Este canturreo duró unos treinta segundos. Era
    un estribillo que surgía en todas las ocasiones de gran emoción colectiva. En parte, era una especie de himno
    a la sabiduría y majestad del Gran Hermano; pero, más aún, constituía aquello un procedimiento de autohipnosis,
    un modo deliberado de ahogar la conciencia mediante un ruido rítmico. A Winston parecían enfriársele
    las entrañas. En los Dos Minutos de Odio, no podía evitar que la oleada emotiva le arrastrase, pero
    este infrahumano canturreo -«¡G-H… G-H… G-H!»- siempre le llenaba de horror. Desde luego, se unía al
    coro; esto era obligatorio: Controlar los verdaderos sentimientos y hacer lo mismo que hicieran los demás
    era una reacción natural. Pero durante un par de segundos, sus ojos podían haberlo delatado. Y fue precisamente
    en esos instantes cuando ocurrió aquello que a él le había parecido significativo… si es que había
    ocurrido.
    Momentáneamente, sorprendió la mirada de O’Brien. Éste se había levantado; se había quitado las gafas
    volviéndoselas a colocar con su delicado y característico gesto. Pero durante una fracción de segundo, se
    encontraron sus ojos con los de Winston y éste supo -sí, lo supo- que OBrien pensaba lo mismo que él. Un
    inconfundible mensaje se había cruzado entre ellos. Era como si sus dos mentes se hubieran abierto y los
    pensamientos hubieran volado de la una a la otra a través de los ojos. «Estoy contigo», parecía estarle diciendo
    OBrien. «Sé en qué estás pensando. Conozco tu asco, tu odio, tu disgusto. Pero no te preocupes;
    ¡estoy contigo!» Y luego la fugacïsima comunicación se había interrumpido y la expresión de OBrien volvió
    a ser tan inescrutable como la de todos los demás.
    Esto fue todo y ya no estaba seguro de si había sucedido efectivamente. Tales incidentes nunca tenían
    consecuencias para Winston. Lo único que hacían era mantener viva en él la creencia o la esperanza de que
    otros, además de él, eran enemigos del Partido. Quizás, después de todo, resultaran ciertos los rumores de
    extensas conspiraciones subterráneas; quizás existiera de verdad la Hermandad. Era imposible, a pesar de
    los continuos arrestos y las constantes confesiones y ejecuciones, estar seguro de que la Hermandad no era
    sencillamente un mito. Algunos días lo creía Winston; otros, no. No había pruebas, sólo destellos que podían
    significar algo o no significar nada: retazos de conversaciones oídas al pasar, algunas palabras garrapateadas
    en las paredes de los lavabos, y, alguna vez, al encontrarse dos desconocidos, ciertos movimientos
    de las manos que podían parecer señales de reconocimiento. Pero todo ello eran suposiciones que podían
    resultar totalmente falsas. Winston había vuelto a su cubículo sin mirar otra vez a O’Brien. Apenas cruzó
    por su mente la idea de continuar este momentáneo contacto. Hubiera sido extremadamente peligroso incluso
    si hubiera sabido él cómo entablar esa relación. Durante uno o dos segundos, se había cruzado entre
    ellos una mirada equívoca, y eso era todo. Pero incluso así, se trataba de un acontecimiento memorable en
    el aislamiento casi hermético en que uno tenía que vivir.
    Winston se sacudió de encima estos pensamientos y tomó una posición más erguida en su silla. Se le escapó
    un eructo. La ginebra estaba haciendo su efecto.
    Volvieron a fijarse sus ojos en la página. Descubrió entonces que durante todo el tiempo en que había estado
    recordando, no había dejado de escribir como por una acción automática. Y ya no era la inhábil escritura
    retorcida de antes. Su pluma se había deslizado voluptuosamente sobre el suave papel, imprimiendo en
    claras y grandes mayúsculas lo siguiente:
    ABAJO EL GRAN HERMANO
    ABAJO EL GRAN HERMANO
    ABAJO EL GRAN HERMANO
    ABAJO EL GRAN HERMANO
    ABAJO EL GRAN HERMANO
    Una vez y otra, hasta llenar media página.
    No pudo evitar un escalofrío de pánico. Era absurdo, ya que escribir aquellas palabras no era más peligroso
    que el acto inicial de abrir un diario; pero, por un instante, estuvo tentado de romper las páginas ya
    escritas y abandonar su propósito.
    Sin embargo, no lo hizo, porque sabia que era inútil. El hecho de escribir ABAJO EL GRAN
    HERMANO o no escribirlo, era completamente igual. Seguir con el diario o renunciar a escribirlo, venía a
    ser lo mismo. La Policía del Pensamiento lo descubriría de todas maneras. Winston había cometido -
    seguiría habiendo cometido aunque no hubiera llegado a posar la pluma sobre el papel- el crimen esencial
    que contenía en sí todos los demás. El crimental (crimen mental), como lo llamaban. El crimental no podía
    ocultarse durante mucho tiempo. En ocasiones, se podía llegar a tenerlo oculto años enteros, pero antes o
    después lo descubrían a uno.
    Las detenciones ocurrían invariablemente por la noche. Se despertaba uno sobresaltado porque una mano
    le sacudía a uno el hombro, una linterna le enfocaba los ojos y un círculo de sombríos rostros aparecía en
    torno al lecho. En la mayoría de los casos no había proceso alguno ni se daba cuenta oficialmente de la
    detención. La gente desaparecía sencillamente y siempre durante la noche. El nombre del individuo en
    cuestión desaparecía de los registros, se borraba de todas partes toda referencia a lo que hubiera hecho y su
    paso por la vida quedaba totalmente anulado como si jamás hubiera existido. Para esto se empleaba la palabra
    vaporizado.
    Winston sintió una especie de histeria al pensar en estas cosas. Empezó a escribir rápidamente y con muy
    mala letra:
    me matarán no me importa me matarán me dispararán en la nuca me da lo mismo abajo el gran hermano
    siempre le matan a uno por la nuca no me importa abajo el gran hermano…
    Se echó hacia atrás en la silla, un poco avergonzado de sí mismo, y dejó la pluma sobre la mesa. De repente,
    se sobresaltó espantosamente. Habían llamado a la puerta.
    ¡Tan pronto! Siguió sentado inmóvil, como un ratón asustado, con la tonta esperanza de que quien fuese
    se marchara al ver que no le abrían. Pero no, la llamada se repitió.
    Lo peor que podía hacer Winston era tardar en abrir. Le redoblaba el corazón como un tambor, pero es
    muy probable que sus facciones, a fuerza de la costumbre, resultaran inexpresivas. Levantóse y se acercó
    pesadamente a la puerta.
    II
    Al poner la mano en el pestillo recordó Winston que había dejado el Diario abierto sobre la mesa. En
    aquella página se podía leer desde lejos el ABAJO EL GRAN HERMANO repetido en toda ella con letras
    grandísimas. Pero Winston sabía que incluso en su pánico no había querido estropear el cremoso papel cerrando
    el libro mientras la tinta no se hubiera secado.
    Contuvo la respiración y abrió la puerta. Instantáneamente, le invadió una sensación de alivio. Una mujer
    insignificante, avejentada, con el cabello revuelto y la cara llena de arrugas, estaba a su lado.
    -¡Oh, camarada! empezó a decir la mujer en una voz lúgubre y quejumbrosa-; te sentí llegar y he venido
    por si puedes echarle un ojo al desagüe del fregadero. Se nos ha atascado…
    Era la señora Parsons, esposa de un vecino del mismo piso (señora era una palabra desterrada por el Partido,
    ya que había que llamar a todos camaradas, pero con algunas mujeres se usaba todavía instintivamente).
    Era una mujer de unos treinta años, pero aparentaba mucha más edad. Se tenía la impresión de que
    había polvo reseco en las arrugas de su cara. Winston la siguió por el pasillo. Estas reparaciones de aficionado
    constituían un fastidio casi diario. Las Casas de la Victoria eran unos antiguos pisos construidos hacia
    1930 aproximadamente y se hallaban en estado ruinoso. Caían constantemente trozos de yeso del techo y
    de la pared, las tuberías se estropeaban con cada helada, había innumerables goteras y la calefacción funcionaba
    sólo a medias cuando funcionaba, porque casi siempre la cerraban por economía. Las reparaciones,
    excepto las que podía hacer uno por sí mismo, tenían que ser autorizadas por remotos comités que solían
    retrasar dos años incluso la compostura de un cristal roto.
    -Si le he molestado es porque Tom no está en casa -dijo la señora Parsons vagamente.
    El piso de los Parsons era mayor que el de Winston y mucho más descuidado. Todo parecía roto y daba
    la impresión de que allí acababa de agitarse un enorme y violento animal. Por el suelo estaban tirados diversos
    artículos para deportes -bastones de hockey, guantes de boxeo, un balón de reglamento, unos pantalones
    vueltos del revés- y sobre la mesa había un montón de platos sucios y cuadernos escolares muy usados.
    En las paredes, unos carteles rojos de la Liga juvenil y de los Espías y un gran cartel con el retrato de
    tamaño natural del Gran Hermano. Por supuesto, se percibía el habitual olor a verduras cocidas que era el
    dominante en todo el edificio, pero en este piso era más fuerte el olor a sudor, que -se notaba desde el primer
    momento, aunque no podría uno decir por qué- era el sudor de una persona que no se hallaba presente
    entonces. En otra habitación, alguien con un peine y un trozo de papel higiénico trataba de acompañar a la
    música militar que brotaba todavía de la telepantalla.
    -Son los niños -dijo la señora Parsons, lanzando una mirada aprensiva hacia la puerta-. Hoy no han salido.
    Y, desde luego…
    Aquella mujer tenía la costumbre de interrumpir sus frases por la mitad. El fregadero de la cocina estaba
    lleno casi hasta el borde con agua sucia y verdosa que olía aún peor que la verdura. Winston se arrodilló y
    examinó el ángulo de la tubería de desagüe donde estaba el tornillo. Le molestaba emplear sus manos y
    también tener que arrodillarse, porque esa postura le hacía toser. La señora Parsons lo miró desanimada:
    -Naturalmente, si Tom estuviera en casa lo arreglaría en un momento. Le gustan esas cosas. Es muy hábil
    en cosas manuales. Sí, Tom es muy…
    Parsons era el compañero de oficina de Winston en el Ministerio de la Verdad. Era un hombre muy grueso,
    pero activo y de una estupidez asombrosa, una masa de entusiasmos imbéciles, uno de esos idiotas de
    los cuales, todavía más que de la Policía del Pensamiento, dependía la estabilidad del Partido. A sus treinta
    y cinco años acababa de salir de la Liga juvenil, y antes de ser admitido en esa organización había conseguido
    permanecer en la de los Espías un año más de lo reglamentario. En el Ministerio estaba empleado en
    un puesto subordinado para el que no se requería inteligencia alguna, pero, por otra parte, era una figura
    sobresaliente del Comité deportivo y de todos los demás comités dedicados a organizar excursiones colectivas,
    manifestaciones espontáneas, las campañas pro ahorro y en general todas las actividades «voluntarias
    ». Informaba a quien quisiera oírle, con tranquilo orgullo y entre chupadas a su pipa, que no había dejado
    de acudir ni un solo día al Centro de la Comunidad durante los cuatro años pasados. Un fortísimo olor a
    sudor, una especie de testimonio inconsciente de su continua actividad y energía, le seguía a donde quiera
    que iba, y quedaba tras él cuando se hallaba lejos.
    -¿Tiene usted un destornillador? -dijo Winston tocando el tapón del desagüe.
    -Un destornillador –dijo la señora Parsons, inmovilizándose inmediatamente-. Pues, no sé. Es posible
    que los niños…
    En la habitación de al lado se oran fuertes pisadas y más trompetazos con el peine. La señora Parsons trajo
    el destornillador. Winston dejó salir el agua y quitó con asco el pegote de cabello que había atrancado el
    tubo. Se limpió los dedos lo mejor que pudo en el agua fría del grifo y volvió a la otra habitación.
    -!Arriba las manos! -chilló una voz salvaje.
    Un chico, guapo y de aspecto rudo, que parecía tener unos nueve años, había surgido por detrás de la mesa
    y amenazaba a Winston con una pistola automática de juguete mientras que su hermanita, de unos dos
    años menos, hacia el mismo ademán con un pedazo de madera. Ambos iban vestidos con pantalones cortos
    azules, camisas grises y pañuelo rojo al cuello. Éste era el uniforme de los Espías. Winston levantó las manos,
    pero a pesar de la broma sentía cierta inquietud por el gesto de maldad que veía en el niño.
    -!Eres un traidorl -grito el chico-. ¡Eres un criminal mentall ¡Eres un espía de Eurasial ¡Te mataré, te vaporizaré;
    te mandaré a las minas de sal!
    De pronto, tanto el niño como la niña empezaron a saltar en torno a él gritando: «¡Traidor!» «¡Criminal
    mental!», imitando la niña todos los movimientos de su hermano. Aquello producía un poco de miedo, algo
    así como los juegos de los cachorros de los tigres cuando pensamos que pronto se convertirán en devoradores
    de hombres. Había una especie de ferocidad calculadora en la mirada del pequeño, un deseo evidente de
    darle un buen bolpe a Winston, de hacerle daño de alguna manera, una convicción de ser ya casi lo suficientemente
    hombre para hacerlo. «¡Qué suerte que el niño no tenga en la mano más que una pistola de juguete!
    », pensó Winston.
    La mirada de la señora Parsons iba nerviosamente de los niños a Winston y de éste a los niños. Como en
    aquella habitación había mejor luz, pudo notar Winston que en las arrugas de la mujer había efectivamente
    polvo.
    -Hacen tanto ruido… -dijo ella-. Están disgustados porque no pueden ir a ver ahorcar a esos. Estoy segura
    de que por eso revuelven tanto. Yo no puedo llevarlos; tengo demasiado quehacer. Y Tom no volverá de su
    trabajo a tiempo.
    -¿Por qué no podemos ir a ver cómo los cuelgan -gritó el pequeño con su tremenda voz, impropia de su
    edad. -¡Queremos verlos colgar! ¡Queremos verlos colgar! -canturreaba la chiquilla mientras saltaba.
    Varios prisioneros eurasiáticos, culpables de crímenes de guerra, serían ahorcados en el parque aquella
    tarde, recordó Winston. Esto solía ocurrir una vez al mes y constituía un espectáculo popular. A los niños
    siempre les hacía gran ilusión asistir a él. Winston se despidió de la señora Parsons y se dirigió hacia la
    puerta. Pero apenas había bajado seis escalones cuando algo le dio en el cuello por detrás produciéndole un
    terrible dolor. Era como si le hubieran aplicado un alambre incandescente. Se volvió a tiempo de ver cómo
    retiraba la señora Parsons a su hijo del descansillo. El chico se guardaba un tirachinas en el bolsillo.
    -¡Goldstein! -gritó el pequeño antes de que la madre cerrara la puerta, pero lo que más asustó a Winston
    fue la mirada de terror y desamparo de la señora Parsons.
    De nuevo en su piso, cruzó rápidamente por delante de la telepantalla y volvió a sentarse ante la mesita
    sin dejar de pasarse la mano por su dolorido cuello. La música de la telepantalla se había detenido. Una voz
    militar estaba leyendo, con una especie de brutal complacencia, una descripción de los armamentos de la
    nueva fortaleza flotante que acababa de ser anclada entre Islandia y las islas Feroe.
    Con aquellos niños, pensó Winston, la desgraciada mujer debía de llevar una vida terrorífica. Dentro de
    uno o dos años sus propios hijos podían descubrir en ella algún indicio de herejía. Casi todos los niños de
    entonces eran horribles. Lo peor de todo era que esas organizaciones, como la de los Espías, los convertían
    sistemáticamente en pequeños salvajes ingobernables, y, sin embargo, este salvajismo no les impulsaba a
    rebelarse contra la disciplina del Partido. Por el contrario, adoraban al Partido y a todo lo que se relacionaba
    con él. Las canciones, los desfiles, las pancartas, las excursiones colectivas, la instrucción militar infantil
    con fusiles de juguete, los slogans gritados por doquier, la adoración del Gran Hermano… todo ello era para
    los niños un estupendo juego. Toda su ferocidad revertía hacia fuera, contra los enemigos del Estado, contra
    los extranjeros, los traidores, saboteadores y criminales del pensamiento. Era casi normal que personas
    de más de treinta años les tuvieran un miedo cerval a sus hijos. Y con razón, pues apenas pasaba una semana
    sin que el Times publicara unas líneas describiendo cómo alguna viborilla -la denominación oficial era
    «heroico niño»- había denunciado a sus padres a la Policía del Pensamiento contándole a ésta lo que había
    oído en casa.
    La molestia causada por el proyectil del tirachinas se le había pasado. Winston volvió a coger la pluma
    preguntándose si no tendría algo más que escribir. De pronto, empezó a pensar de nuevo en O’Brien.
    Años atrás cuánto tiempo hacía, quizás siete años había soñado Winston que paseaba por una habitación
    oscura… Alguien sentado a su lado le había dicho al pasar él: «Nos encontraremos en el lugar donde no hay
    oscuridad». Se lo había dicho con toda calma, de una manera casual, más como una afirmación cualquiera
    que como una orden. Él había seguido andando. Y lo curioso era que al oírlas en el sueño, aquellas palabras
    no le habían impresionado. Fue sólo, más tarde y gradualmente cuando empezaron a tomar significado.
    Ahora no podía recordar si fue antes o después de tener el sueño cuando había visto a O’Brien por vez primera;
    y tampoco podía recordar cuándo había identificado aquella voz como la de OBrien. Pero, de todos
    modos, era indudablemente OBrien quien le había hablado en la oscuridad.
    Nunca había podido sentirse absolutamente seguro -incluso después del fugaz encuentro de sus miradas
    esta mañana- de si OBrien era un amigo o un enemigo. Ni tampoco importaba mucho esto. Lo cierto era
    que existía entre ellos un vínculo de comprensión más fuerte y más importante que el afecto o el partidismo.
    «Nos encontraremos en el lugar donde no hay oscuridad», le había dicho. Winston no sabía lo que podían
    significas estas palabras, pero sí sabía que se convertirían en realidad.
    La voz de la telepantalla se interrumpió. Sonó un claro y hermoso toque de trompeta y la voz prosiguió
    en tono chirriante:
    «Atención. ¡Vuestra atención, por favor! En este momento nos llega un notirrelámpago del frente malabar.
    Nuestras fuerzas han logrado una gloriosa victoria en el sur de la India. Estoy autorizado para decir que
    la batalla a que me refiero puede aproximarnos bastante al final de la guerra. He aquí el texto del notirrelámpago…
    »
    Malas noticias, pensó Winston. Ahora seguirá la descripción, con un repugnante realismo, del aniquilamiento
    de todo un ejército eurásico, con fantásticas cifras de muertos y prisioneros… para decirnos luego
    que, desde la semana próxima, reducirán la ración de chocolate a veinte gramos en vez de los treinta de
    ahora.
    Winston volvió a eructar. La ginebra perdía ya su fuerza y lo dejaba desanimado. La telepantàlla -no se
    sabe si para celebrar la victoria o para quitar el mal sabor del chocolate perdido- lanzó los acordes de
    Oceanía, todo para ti. Se suponía que todo el que escuchara el himno, aunque estuviera solo, tenía que escucharlo
    de pie. Sin embargo, Winston se aprovechó de que la telepantalla no lo veía y siguió sentado.
    Oceanía, todo para ti, terminó y empezó la música ligera. Winston se dirigió hacia la ventana, manteniéndose
    de espaldas a la pantalla. El día era todavía frío y claro. Allá lejos estalló una bombacohete con un
    sonido sordo y prolongado. Ahora solían caer en Londres unas veinte o treinta bombas a la semana.
    Abajo, en la calle, el viento seguía agitando el cartel donde la palabra Ingsoc aparecía y desaparecía. Ingsoc.
    Los principios sagrados de Ingsoc. Neolengua, doblepensar, mutabilidad del pasado. A Winston le
    parecía estar recorriendo las selvas submarinas, perdido en un mundo monstruoso cuyo monstruo era él
    mismo. Estaba solo. El pasado había muerto, el futuro era inimaginable. ¿Qué certidumbre podía tener él de
    que ni un solo ser humano estaba de su parte? Y ¿cómo iba a saber si el dominio del Partido no duraría
    siempre? Como respuesta, los tres slogans sobre la blanca fachada del Ministerio de la Verdad, le recordaron
    que:
    LA GUERRA ES LA PAZ
    LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
    LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
    Sacó de su bolsillo una moneda de veinticinco centavos. También en ella, en letras pequeñas, pero muy
    claras, aparecían las mismas frases y, en el reverso de la moneda, la cabe za del Gran Hermano. Los ojos de
    éste le perseguían a uno hasta desde las monedas. Sí, en las monedas, en los sellos de correo, en pancartas,
    en las envolturas de los paquetes de los cigarrillos, en las portadas de los libros, en todas partes. Siempre
    los ojos que os contemplaban y la voz que os envolvía. Despiertos o dormidos, trabajando o comiendo, en
    casa o en la calle, en el baño o en la cama, no había escape. Nada era del individuo a no ser unos cuantos
    centímetros cúbicos dentro de su cráneo.
    El sol había seguido su curso y las mil ventanas del Ministerio de la Verdad, en las que ya no reverberaba
    la luz, parecían los tétricos huecos de una fortaleza. Winston sintió angustia -ante aquella masa piramidal.
    Era demasiado fuerte para ser asaltada. Ni siquiera un millar de bombascohete podrían abatirla. Volvió a
    preguntarse para quién escribía el Diario. ¿Para el pasado, para el futuro, para una época imaginaria? Frente
    a él no veía la muerte, sino algo peor: el aniquilamiento absoluto. El Diario quedaría reducido a cenizas y a
    él lo vaporizarían. Sólo la Policía del Pensamiento leería lo que él hubiera escrito antes de hacer que esas
    líneas desaparecieran incluso de la memoria. ¿Cómo iba usted a apelar a la posteridad cuando ni una sola
    huella suya, ni siquiera una palabra garrapateada en un papel iba a sobrevivir físicamente?
    En la telepantalla sonaron las catorce. Winston tenía que marchar dentro de diez minutos. Debía reanudar
    el trabajo a las catorce y treinta. Qué curioso: las campanadas de la hora lo reanimaron. Era como un fantasma
    solitario diciendo una verdad que nadie oiría nunca. De todos modos, mientras Winston pronunciara
    esa verdad, la continuidad no se rompía. La herencia humana no se continuaba porque uno se hiciera oír
    sino por el hecho de permanecer cuerdo. Volvió a la mesa, mojó en tinta su pluma y escribió:
    Para el futuro o para el pasado, para la época en que se pueda pensar libremente, en que los hombres
    sean distintos unos de otros y no vivan solitarios… Para cuando la verdad exista y lo que se haya hecho no
    pueda ser deshecho:
    Desde esta época de uniformidad, de este tiempo de soledad, la Edad del Gran Hermano, la época del
    doblepensar… ¡muchas felicidades!
    Winston comprendía que ya estaba muerto. Le parecía que sólo ahora, en que empezaba a poder formular
    sus pensamientos, era cuando había dado el paso definitivo. Las consecuencias de cada acto van incluidas
    en el acto mismo. Escribió El crimental (el crimen de la mente) no implica la muerte; el crimental es la
    muerte misma. Al reconocerse ya a sí mismo muerto, se le hizo imprescindible vivir lo más posible. Tenía
    manchados de tinta dos dedos de la mano derecha. Era exactamente uno de esos detalles que le pueden delatar
    a uno. Cualquier entrometido del Ministerio (probablemente, una mujer: alguna como la del cabello
    color de arena o la muchacha morena del Departamento de Novela) podía preguntarse por qué habría usado
    una pluma anticuada y qué habría escrito… y luego dar el soplo a donde correspondiera. Fue al cuarto de
    baño y se frotó cuidadosamente la tinta con el oscuro y rasposo jabón que le limaba la piel como un papel
    de lija y resultaba por tanto muy eficaz para su propósito.
    Guardó el Diario en el cajón de la mesita. Era inútil pretender esconderlo; pero, por lo menos, podía saber
    si lo habían descubierto o no. Un cabello sujeto entre las páginas sería demasiado evidente. Por eso, con
    la yema de un dedo recogió una partícula de polvo de posible identificación y la depositó sobre una esquina
    de la tapa, de donde tendría que caerse si cogían el libro.
    III
    Winston estaba soñando con su madre. Él debía de tener unos diez u once asíos cuando su madre murió.
    Era una mujer alta, estatuaria y más bien silenciosa, de movimientos pausados y magnífico cabello rubio. A
    su padre lo recordaba, más vagamente, como un hombre moreno y delgado, vestido siempre con impecables
    trajes oscuros (Winston recordaba sobre todo las suelas extremadamente finas de los zapatos de su
    padre) y usaba gafas. Seguramente, tanto el padre como la madre debieron de haber caído en una de las
    primeras grandes purgas de los años cincuenta.
    En aquel momento -en el sueño- su madre estaba sentada en un sitio profundo junto a él y con su niña en
    brazos. De esta hermana sólo recordaba Winston que era una chiquilla débil e insignificante, siempre callada
    y con ojos grandes que se fijaban en todo. Se hallaban las dos en algún sitio subterráneo -por ejemplo, el
    fondo de un pozo o en una cueva muy honda-, pero era un lugar que, estando ya muy por debajo de él, se
    iba hundiendo sin cesar. Sí, era la cámara de un barco que se hundía y la madre y la hermana lo miraban a
    él desde la tenebrosidad de las aguas que invadían el buque. Aún había aire en la cámara. Su madre y su
    hermanita podían verlo todavía y él a ellas, pero no dejaban de irse hundiendo ni un solo instante, de ir cayendo
    en las aguas, de un verde muy oscuro, que de un momento a otro las ocultarían para siempre. Winston,
    en cambio, se encontraba al aire libre y a plena luz mientras a ellas se las iba tragando la muerte, y
    ellas se hundían porque él estaba allí arriba. Winston lo sabía y también ellas lo sabían y él descubría en las
    caras de ellas este conocimiento. Pero la expresión de las dos no le reprochaba nada ni sus corazones tampoco
    -él lo sabía- y sólo se transparentaba la convicción de que ellas morían para que él pudiera seguir viviendo
    allá arriba y que esto formaba parte del orden inevitable de las cosas.
    No podía recordar qué había ocurrido, pero mientras soñaba estaba seguro de que, de un modo u otro, las
    vidas de su madre y su hermana fueron sacrificadas para que él viviera. Era uno de esos ensueños que, a
    pesar de utilizar toda la escenografía onírica habitual, son una continuación de nuestra vida intelectual y en
    los que nos damos cuenta de hechos e ideas que siguen teniendo un valor después del despertar. Pero lo que
    de pronto sobresaltó a Winston, al pensar luego en lo que había soñado, fue que la muerte de su madre,
    ocurrida treinta años antes, había sido trágica y dolorosa de un modo que ya no era posible. Pensó que la
    tragedia pertenecía a los tiempos antiguos y que sólo podía concebirse en una época en que había aún intimidad
    -vida privada, amor y amistad- y en que los miembros de una familia permanecían juntos sin necesidad
    de tener una razón especial para ello. El recuerdo de su madre le torturaba porque había muerto amándole
    cuando él era demasiado joven y egoísta para devolverle ese cariño y porque de alguna manera -no
    recordaba cómo- se había sacrificado a un concepto de la lealtad que era privatísimo e inalterable. Bien
    comprendía Winston que esas cosas no podían suceder ahora. Lo que ahora había era miedo, odio y dolor
    físico, pero no emociones dignas ni penas profundas y complejas. Todo esto lo había visto, soñando, en los
    ojos de su madre y su hermanita, que lo miraban a él a través de las aguas verdeoscuras, a una inmensa
    profundidad y sin dejar de hundirse.
    De pronto, se vio de pie sobre el césped en una tarde de verano en que los rayos oblicuos del sol doraban
    la corta hierba. El paisaje que se le aparecía ahora se le presentaba con tanta frecuencia en sueños que nunca
    estaba completamente seguro de si lo había visto alguna vez en la vida real. Cuando estaba despierto, lo
    llamaba el País Dorado. Lo cubrían pastos mordidos por los conejos con un sendero que serpenteaba por él
    y, aquí y allá, unas pequeñísimas elevaciones del terreno. Al fondo, se veían unos olmos que se balanceaban
    suavemente con la brisa y sus follajes parecían cabelleras de mujer. Cerca, aunque fuera de la vista,
    corría un claro arroyuelo de lento fluir.
    La muchacha morena venía hacia él por aquel campo. Con un solo movimiento se despojó de sus ropas y
    las arrojó despectivamente a un lado. Su cuerpo era blanco y suave, pero no despertaba deseo en Winston,
    que se limitaba a contemplarlo. Lo que le llenaba de entusiasmo en aquel momento era el gesto con que la
    joven se había librado de sus ropas. Con la gracia y el descuido de aquel gesto, parecía estar aniquilando
    toda su cultura, todo un sistema de pensamiento, como si el Gran Hermano, el Partido y la Policía del Pen-
    samiento pudieran ser barridos y enviados a la Nada con un simple movimiento del brazo. También aquel
    gesto pertenecía a los tiempos antiguos. Winston se despertó con la palabra «Shakespeare» en los labios.
    La telepantalla emitía en aquel instante un prolongado silbido que partía el tímpano y que continuaba en
    la misma nota treinta segundos. Eran las cero-siete-quince, la hora de levantarse para los oficinistas. Winston
    se echó abajo de la cama -desnudo porque los miembros del Partido Exterior recibían sólo tres mil cupones
    para vestimenta durante el año y un pijama necesitaba seiscientos cupones- y se puso un sucio singlet
    y unos shorts que estaban sobre una silla. Dentro de tres minutos empezarían las Sacudidas Físicas. Inmediatamente
    le entró el ataque de tos habitual en él en cuanto se despertaba. Vació tanto sus pulmones
    que, para volver a respirar, tuvo que tenderse de espaldas abriendo y cerrando la boca repetidas veces y en
    rápida sucesión. Con el esfuerzo de la tos se le hinchaban las venas y sus várices le habían empezado a escocer.
    -¡Grupo de treinta a cuarenta! -ladró una penetrante voz de mujer-. ¡Grupo de treinta a cuarenta! Ocupad
    vuestros sitios, por favor.
    Winston se colocó de un salto a la vista de la telepantalla, en la cual había aparecido ya la imagen de una
    mujer más bien joven, musculosa y de facciones duras, vestida con una túnica y calzando sandalias de gimnasia.
    -¡Doblad y extended los brazos! -gritó-. ¡Contad a la vez que yo! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Uno, dos, tres,
    cuatro! ¡Vamos, camaradas, un poco de vida en lo que hacéis! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Uno, dos, tres, cuatro!…
    La intensa molestia de su ataque de tos no había logrado desvanecer en Winston la impresión que le
    había dejado el ensueño y los movimientos rítmicos de la gimnasia contribuían a conservarle aquel recuerdo.
    Mientras doblaba y desplegaba mecánicamente los brazos -sin perder ni por un instante la expresión de
    contento que se consideraba apropiada durante las Sacudidas Físicas-, se esforzaba por resucitar el confuso
    período de su primera infancia. Pero le resultaba extraordinariamente difícil. Más allá de los años cincuenta
    y tantos -al final de la década- todo se desvanecía. Sin datos externos de ninguna clase a que referirse era
    imposible reconstruir ni siquiera el esquema de la propia vida. Se recordaban los acontecimientos de enormes
    proporciones -que muy bien podían no haber acaecido-, se recordaban también detalles sueltos de
    hechos sucedidos en la infancia, de cada uno, pero sin poder captar la atmósfera. Y había extensos períodos
    en blanco donde no se podía colocar absolutamente nada. Entonces todo había sido diferente. Incluso los
    nombres de los países y sus formas en el mapa. La Franja Aérea número l, por ejemplo, no se llamaba así
    en aquellos días: la llamaban Inglaterra o Bretaña, aunque Londres -Winston estaba casi seguro de ello- se
    había llamado siempre Londres.
    No podía recordar claramente una época en que su país no hubiera estado en guerra, pero era evidente
    que había un intervalo de paz bastante la

  • Simplemente sois el cáncer de España. Sois ese quiste que impide que nuestro país avance hasta el pleno desarrollo y la plena estabilidad social, económica y política. Ojalá algún dia os deis cuenta que vuestro pensamiento socialista está totalmente equivocado. Rectificar es de sabios, y la esperanza de que se os abran los ojos de una vez por todas, no se pierde.

  • Orwell demuestra en lo que se combierte el marxismo, con tus comentarios demuestras que no respetas mas que tus ideas, eres autentico fascista, lo que describe orwell no es mas que la URSS, y una critica a todas las ideológias totalitarias, pasando por el marxismo, fascismo, nacionalsocialismo,… El marxismo no admite que se le critique porque cree estar por encima de los demas, el progresismo a lo unico que nos conduce es a lo contrario, como librepensante no estoy atado a ninguna ideológia, aunque hoy en dia el marxismo esta disfrazado de progresismo, el lobo con piel de cordero, eso demuestra que orwell tiene razón.

  • No digas eso hombre…..El marxismo hoy en dia ha dejado de existir como cualquier ideologia.Veras a muchos que dicen que son comunistas o similares,y muy convencidos ademas,pero no les hagas mucho caso,no han leido un libro en su vida,y asi vamos,ni dios sabe lo que es exactamente el marxismo,ni ninguna otra ideologia,solo conocen cuatro topicazos basicos y equivocados y se inventan lo demas.Si no me creeis,leed a Marx y cia y comparad lo que dicen estos con lo que hacen sus seguidores…..cualquier parecido entre teoria y practica es pura coincidencia.
    En cuanto a lo del progresismo,estaria bien que lo definieramos,porque pasa igual,nadie sabe,todos se inventan la ideologia,para,en ultimo termino,dejarse engañar por poloticos capitalistas(si,me refiero al psoe).

  • Estoy bastante de acuerdo con el último comentario. Las ideologías de hoy son más complejas: El socialismo es más moderado, el liberalismo “garantiza ” mínimos sociales, aunque siempre amenaza con suprimirlos para imponer la “libertad total de mercado”, o lo que es lo mismo, la dictadura de los ricos, de las grandes multinacionales y la banca.

    En cierto modo, siempre hay un equilibrio de fuerzas, con cierto balanceo o turnismo.

    Lo que Orwell nos enseña, a mi juicio, es a no dejarnos engatusar por ninguna corriente llamada a establecerse por completo, pues independientemente de su ideología inicial, una vez alcanzados plenos poderes, se podrá convertir en una oligarquía de cualquier tipo y con cualquier fin. Es, en cierto modo, una defensa de la Democracia, y de las Libertades esenciales, así como una terrible exaltación del amor, los sentimientos humanos, y lo terrible que sería una sociedad que nos los arrebatara.

    No puedo creer que el autor del blog hable en serio. Más bien parece un provocador.

    Mi análisis tanto de la obra de Orwell como de la película, lo podéis ver en mi blog:

    http://leyendoenalto.blogspot.com/2009/01/orwell-george-1984-terrible-exaltacin.html

  • No creo que 1984 sea un libro fascista, y me parecio mas bien que era una critica a lo que podian llegar los sistemas autoritarios fascistas, o algunas dictaduras comunistas, no hay que olvidar que marx dividio la historia en varias partes que tendian a lo que el llamaba comunismo, que son, y en erte orden: socialismo, dictadura del proletariado, y comunismo, creo que aun no se ha entendido bien que es un camino a recorrer, no una imposicion por la fuerza de uno de ellos, lo que llevaria a un dictadura, sino la concienciacion del proletariado, y luego su culturizacion, para poder comenzar el camino.

    Pero la palabra socialismo fue la denominacion que escogieron unos que se escindieron, dictadura del proletariado (que solo quiere decir que solo hay proletarios y mandan ellos, no que manden sobre otros) fue usado para criticar el sistema economico completo de Marx por los capitalistas, y comunismo (la fase final) fue el nombre que escogieron los dictadores de regimen economico comunista.

    Creo que todo es un gran error y que hay que leer a Marx para verlo tal cual es en su grandeza, Salud.


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